“El cerebro se inventó para salir de casa,
la memoria para volver a casa”
- Jorge Wagensberg -
Vivir sin ilusión es, simple y llanamente, vivir a medias. Asumo que
existen circunstancias personales donde la desdicha de manera persistente se ha instalado en las habitaciones del alma. Son esas tristes ocasiones donde la ilusión ni
está ni se le espera. Pero, a pesar de todo, siempre debemos -o al menos
deberíamos- tener la posibilidad de volver a ilusionarnos de nuevo. Cumplir años –muchos años- se me antoja como
algo sujeto al resbaladizo campo de las contradicciones. Ves por un lado como
cada día le tienes que rendir un nuevo tributo a los recaudadores del tiempo
pasado y consumido. Pero también ves crecer a tus nietos con una placidez que,
por motivos laborales, nunca pudiste hacerlo con tus hijos. Cada día, a través
de la madurez, estás más cerca de comprender el significado de las cosas pero,
también, tienes más lleno el saco del desengaño y la orfandad. Tener proyectos, pequeños pero ilusionantes,
que te hagan gozoso cada nuevo amanecer
se me representa como algo fundamental. La vida está llena de gratos momentos y
buenos detalles que a la postre condicionan los ramalazos de felicidad. ¡Hay tantas cosas por hacer y tan corto el
tiempo del que disponemos! El encuentro
con un amigo al que, por distintas circunstancias, hacia tiempo que no veías.
Ese nuevo libro que palpitando espera que tu mano se pose en su primera página.
Esa película que tanto te han recomendado y que hoy ¡por fin! vas a ver. Ese nuevo Cd que te han enviado y que hoy vas
a escuchar antes de dormirte. Una nueva
ocasión para pisar con tu túnica de ruán la rampa del Salvador. Sentirte
apasionado cada día con los acordes del
Flamenco. Esa copa que al reposar en tus labios te hará sentirte vivo. Pasar
lista cada mañana ante el Gran Poder, Pasión y la Candelaria sin que
alguien diga al fondo… ¡no está! Acariciar las cabezas de tus nietos con la
esperanza de verlos crecer sanos y en un país donde impere la decencia. Comprobar que el Betis puede ganar dos veces
seguidas y oír decir a Jacinto en las tabernas…”esta copa es mía”. ¡Tanto por descubrir y tanto por gozar en los
placeres cotidianos! La llama, la
incombustible llama de la ilusión. El
día que se nos apague estaremos ya irremediablemente perdidos.
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