viernes, 27 de febrero de 2015

Cristo de las Misericordias




Tú formas parte inseparable de la noche más eterna y de la eternidad de la noche de los tiempos. Tu Barrio es el Barrio de los barrios de la Ciudad.  Miras al Cielo preguntándote y preguntándonos por el motivo de todas las cosas. Abres los brazos al conjuro de las estrellas y la luna en su reflejo forma parte del universo de tu frente ensangrentada. A tus pies va postrado el dolor más latente y verdadero: el de las Madres afligidas. Avanzas a paso lento por la travesía eterna de los judíos errantes y los moriscos expulsados del paraíso.  Quien te hizo sabía lo que hacía y de paso también lo que nos hacía a nosotros. Un ascua de candela crucificada alumbrando la oscuridad de las almas atormentadas. Vienes y te vas dejándonos atados a la memoria sentimental de los días del ayer. Te vemos pasar sin más ruido que el sonido barroco de la música de capilla, el crujir de tu canastilla neogótica y dorada, el rachear de alpargatas costaleras y el tic-tac monocorde de nuestros corazones. Tu azulejo en Santa Cruz representa la Alianza entre Dios y los hombres. Tu rostro herido nos va clamando que tu mundo ya no es de este mundo. Te vas y nos dejas envueltos en la estela de tu Misericordia.  Sales y entras; entras y sales cuando la Ciudad se debate entre la esperanza y la nostalgia. Viéndote se confunde el ateo; duda el agnóstico y se reafirma el creyente. Un tratado exponencial de teología liberadora dictada por tu divina y humana presencia en el Barrio –tu Barrio- que es el Barrio de los barrios de la Ciudad.  Misericordia infinita por las callejas y plazoletas de Santa Cruz.  Eterno luto de Doña Elvira.

miércoles, 25 de febrero de 2015

El precio de la fama





Sinceramente creo que la fama es una compañera de viaje unas veces deseada y buscada y otra como consecuencia del devenir de las cosas. En cualquier actividad ser famoso no siempre lleva implícito un halo de bondad y talento productivo.  Artística, cultural o políticamente pasar del anonimato a la fama debe ser algo turbador pero, dada la incuestionable vanidad de los humanos, también bastante placentero. Más difícil de digerir será para alguien que llevando tiempo subido al carro de la fama lo apeen para devolverlo al anonimato del cual procedía. Que un escritor sea famoso por la venta de sus libros; un actor por el éxito de sus películas; un cantante por sus canciones o un político por su arraigo popular entre la gente no deja de ser algo digno de encomio. Distinta cuestión resulta cuando cada uno en su actividad cree que la fidelidad de los lectores, espectadores o votantes será eterna. Nada es para siempre incluyendo a la propia existencia humana. Los sentimientos y comportamientos de las personas son cambiantes como los días del calendario. Pensar que se puede establecer una relación con las mismas sin que el paso del tiempo provoque una cierta sensación de deterioro es ilusorio. La fama cuando es positiva acarrea dinero y honores y cuando es negativa termina con algunos famosos entre rejas. Siempre, eso si, pagan un alto precio por su fama: el deterioro y sustracción de sus vidas privadas. Todos tenemos un cierto morbo por desentrañar como será realmente en la intimidad la vida de tal o cual personaje. Unas veces sacarán a la luz sus miserias humanas y otras simplemente se las inventarán. Biografías autorizadas (es decir hagiografías) o aquellas que no lo son tanto y que, en no pocas ocasiones, acaban con el mito y recuperan al hombre o la mujer con sus grandezas y flaquezas. Por mi peculiar forma de entender la vida desde la placidez del anonimato mal hubiera digerido en mi caso eso que se llama la fama.  Recuerdo hace unos años un programa de la televisión local con el que colaboré junto a José Manuel Holgado Brenes. Estaba magníficamente dirigido, producido y presentado por Ángel Vela (se llamaba “De Calle” y creo firmemente que es de lo mejorcito que se ha realizado en una televisión local).  Estaba convencido de que aquello no lo verían más que un grupo de familiares y amigos. Craso error. Entrabas en un bar o en cualquier otro establecimiento y siempre te decía alguien…”Ayer lo vi a usted en la tele”.  Después te decían, cosa digna de agradecer, que el citado programa era muy interesante y que lo hacíamos bastante bien. Aquello te producía (al menos a mí) una doble sensación: la vanidad de ser reconocido y la jodienda de tener que compartir con gente desconocida un rato de charla y café. Aquello me daba que pensar como sería la vida cotidiana de la gente famosa de verdad. No poder asistir tranquilamente a una función de cine o ir al teatro; tomarse un café o una cerveza sin tener que firmar autógrafos o simplemente pasear por la calle sin ser reconocido y molestado. Posiblemente todo consista en asumir a través del conocimiento humano que al final las cosas siempre resultarán efímeras. Gestionar en positivo la fama sin llegar  a considerarse el “Rey del Universo”. Todo en la vida tiene un precio y la fama no podía ser una excepción.

lunes, 23 de febrero de 2015

Hijos de las pateras




Abrieron sus manos suplicando
a las estrellas de la noche.
Lloraron apretujados en alta mar
indefensos ante la furia
de la tormenta.
Los niños miraban asustados
a sus madres y los hombres
pedían ayuda a un Dios
desbordado por los humanos.

Tenían bajo sus desnudos pies
las tablas de los Diez Mandamientos.
Al igual que Moisés muchos nunca
pisarían la tierra prometida.
Las sirenas daban coletazos
para ahuyentar a los tiburones
de los mares de los sueños.

Los caballitos de mar
portaban en sus lomos a
la pena amarga de siglos de
desprecio e ignominia.

Fugitivos de la hambruna en
busca del pan nuestro de cada día.
Aldabonazo que cuestiona a Dios
y conmueve a los hombres de bien.

Buscan la libertad por los mares
y estos les abren sus cremalleras.
Gaviotas sin vuelo ni horizonte
marineros sin barcos ni cantinas,
portadores del duro madero de Jesús
cargadores de cruces sin fronteras:
¡Hijos de las pateras!