jueves, 3 de abril de 2025

Pasión o la templanza ante la inminente tragedia



Mi relación con el Señor de Pasión abarca ya la friolera cifra de setenta años. Era un niño de no más de doce años de edad cuando descubrí por primera vez su portentosa figura. Mi tía-abuela Concepción Fernández del Toro, la Maestra bordadora sevillana, tenia instalado su taller en los aledaños de la Capilla del Cristo del Amor. Dada mis innegables habilidades para los mandados, iba con frecuencia de niño a la Iglesia del Salvador para llevarle y traerle encargos. Allí, antes de marcharme de vuelta, me gustaba pasarme por la Capilla de Pasión y sentarme un rato para verlo de cerca.
Luego el tiempo me fue alejando o acercando de Pasión según las circunstancias de las distintas etapas de mi existencia. Eso sí, nunca dejé de ir a verlo pues entendía que aquellas visitas siempre me suponían un bálsamo donde se mezclaban la templanza y la fortaleza. Este Nazareno, obra cumbre de Juan Martínez Montañés, se nos aparece nimbado con una aureola de pura sevillanía. Pasión apasiona desde la reflexión ante la inminencia de la muerte. Quienes solo sean capaces de ver a Pasión con los ojos del cuerpo siempre verán una portentosa maravilla de la imaginería. Lo que nunca podrán apreciar es su verdadera dimensión. Son los ojos del alma quienes de verdad nos descubren el verdadero sentido de la imagen de Pasión. Algunos han querido ver en su rostro un halo de conformidad y mansedumbre. Nada más lejos de la realidad que proyecta sobre nosotros la figura de Pasión. Es el hallazgo certero e inminente de un camino que lo llevará inevitablemente hasta la muerte más tremenda y cruel. Su figura es tan real y humana que hasta el mismísimo Martínez Montañés dudaba que aquella obra hubiera salido de su gubia. Es el fiel reflejo de una Sevilla profunda y espiritual que limpia de espinas las rosas para que los niños no se puedan cortar al tocarlas. Ver a Pasión en la calle es un firme reencuentro con la verdad de una Ciudad que fue diseñada por el Sumo Hacedor para la templanza (lo que hemos hecho con Ella ya es otra cuestión). Un supremo ejercicio de introspección espiritual donde la vida (la claridad) libra su particular batalla contra la muerte (la oscuridad). Cuando, el Jueves Santo por la tarde, el Señor de Pasión baja la rampa del Salvador la noche ya sabe a quien tiene que rendirle pleitesía. Ver a Pasión en su lento pero seguro deambular por las calles de la Ciudad es un canto a la excelencia más profunda y verdadera. Avanza en su majestuoso paso de plata por la calle Francos de vuelta a su casa. Viene cansado y buscando atracar de nuevo en el puerto de su Capilla. Vuelve (Pasión siempre vuelve) y nosotros hacemos relevos generacionales para que nunca camine solo.
La música de Bach siempre le sentó como un guante y el goteo de cera de sus nazarenos de ruan marcan el tintineo de las campanillas de la Sevilla oculta y profunda de los Conventos. Lleva en sus pies la esencia del caminar verdadero por los eternos caminos del Dios Padre. A Pasión más que rezarle hay que mirarlo a la cara. Es la oración desnuda y profunda carente de artificios con los ojos vidriosos rendidos ante su divino rostro. La templanza y la serenidad ante la inminente tragedia. Dios hecho Hombre para que pueda beber en la Fuente amarga de la existencia humana. Pasión de Cristo confórtanos.

martes, 1 de abril de 2025

Fulgores del Martes Santo



Dentro de muy pocos días será ya 15 de Abril. Otro Martes Santo más que sumar a la cuenta de los años vividos y las emociones consumidas. Día donde la menor de mis hijas cumplirá 42 años de edad. Cuando ya se tienen hijas cuarentonas y nietos en fase preadolescente significa que formas parte del grupo de los octogenarios. Ya tienes fecha de caducidad como los yogures. Siempre supe encuadrar los años vividos dentro de los parámetros que me marcaban los Martes Santo. La Semana Santa sevillana tiene cientos de lecturas sentimentales y cada cual ajusta las suyas a sus circunstancias personales. Cuando la Judería sevillana ha sido tu cuna y donde transcurrieron tu infancia y tu juventud ya sabes, con el paso de los años, que el azul-celeste de la Candelaria siempre te acompañará por este valle (el del Guadalquivir) de risas y lágrimas. Este entramado urbano que se mueve a caballo entre la Puerta de la Carne y la Alfalfa se gestó entre casas señoriales y corrales de vecinos. El reluciente mármol de los zaguanes de las casas aristocráticas como contraste social con la dura piedra de los poyetes de los pilones. Tiempos muy difíciles aquellos donde en no pocas ocasiones la subsistencia y la supervivencia iban cogidas de la mano. Siempre con la Reina de la Judería velando para que nuestras vidas no se nos fueran por el desagüe de la incertidumbre. Lo que resulta verdaderamente importante de un árbol no son sus floridas ramas (lo que lo viste) sino la fortaleza de sus raíces (lo que lo mantiene firme). Allí, por San Nicolás, teníamos (todavía sin saberlo) unas fuertes y eternas raíces sentimentales configuradas por el Señor de la Salud y la Virgen de la Candelaria. No nos hacia falta leer los Evangelios ni asistir a misa de doce para saber que con ellos siempre estarían nuestras almas en buenas manos. A la postre somos un clavel que se cae del paso del Señor a su paso por la calle Candilejo. El profundo suspiro de una adolescente cuando pasa la Candelaria por la Plaza de la Contratación. La lágrima furtiva de una anciana en un ventanuco del Callejón de Dos Hermanas. El aroma carpantiano de las pavías de bacalao cuando la Cruz de Guía avanza por el final de los Jardines de Murillo. El olor a lápices nuevos y gomas de borrar del Protectorado de la Infancia en Santa María la Blanca. En estos tiempos tan difíciles de gestionar, donde manda la incertidumbre y el desosiego, es cuando más debemos buscarnos en el espejo de nuestras raíces. Saber distinguir lo vacuo de lo que resulta verdaderamente trascendental. Somos lo que fuimos y nunca lo que llegaremos a ser. El triunfo de lo concreto sobre lo inconcreto. De donde venimos y hacia donde vamos. Configuramos una bolsa de alpiste dominguero en la Alfalfa. Un papelón de calentitos de Cabeza del Rey Don Pedro. Unas sandalias, con el empeine del pie marcado por las huellas del sol, compradas en el Sanatorio de la Goma. Una maquina de coser empeñada en el Monte de Piedad. Un cuadro de Carmen Laffón expuesto de madrugada en las paredes de la calle Vírgenes. La eterna imagen de Manolo Luque sentado de manera permanente junto al Paso de La Candelaria expuesto en la Catedral Hispalense. Los fulgores, los eternos fulgores, del Martes Santo que se eternizan con el permanente relevo entre padres, hijos, abuelos y nietos. Ayer terminó para siempre el 31 de Marzo del Año del Señor de 2025. Ayer, precisamente ayer, ya estaba expuesta la Candelaria en su Paso de Palio. Decíamos ayer……..