Dentro de muy pocos días será ya 15 de Abril. Otro Martes Santo más que sumar a la cuenta de los años vividos y las emociones consumidas. Día donde la menor de mis hijas cumplirá 42 años de edad. Cuando ya se tienen hijas cuarentonas y nietos en fase preadolescente significa que formas parte del grupo de los octogenarios. Ya tienes fecha de caducidad como los yogures. Siempre supe encuadrar los años vividos dentro de los parámetros que me marcaban los Martes Santo. La Semana Santa sevillana tiene cientos de lecturas sentimentales y cada cual ajusta las suyas a sus circunstancias personales. Cuando la Judería sevillana ha sido tu cuna y donde transcurrieron tu infancia y tu juventud ya sabes, con el paso de los años, que el azul-celeste de la Candelaria siempre te acompañará por este valle (el del Guadalquivir) de risas y lágrimas. Este entramado urbano que se mueve a caballo entre la Puerta de la Carne y la Alfalfa se gestó entre casas señoriales y corrales de vecinos. El reluciente mármol de los zaguanes de las casas aristocráticas como contraste social con la dura piedra de los poyetes de los pilones. Tiempos muy difíciles aquellos donde en no pocas ocasiones la subsistencia y la supervivencia iban cogidas de la mano. Siempre con la Reina de la Judería velando para que nuestras vidas no se nos fueran por el desagüe de la incertidumbre. Lo que resulta verdaderamente importante de un árbol no son sus floridas ramas (lo que lo viste) sino la fortaleza de sus raíces (lo que lo mantiene firme). Allí, por San Nicolás, teníamos (todavía sin saberlo) unas fuertes y eternas raíces sentimentales configuradas por el Señor de la Salud y la Virgen de la Candelaria. No nos hacia falta leer los Evangelios ni asistir a misa de doce para saber que con ellos siempre estarían nuestras almas en buenas manos. A la postre somos un clavel que se cae del paso del Señor a su paso por la calle Candilejo. El profundo suspiro de una adolescente cuando pasa la Candelaria por la Plaza de la Contratación. La lágrima furtiva de una anciana en un ventanuco del Callejón de Dos Hermanas. El aroma carpantiano de las pavías de bacalao cuando la Cruz de Guía avanza por el final de los Jardines de Murillo. El olor a lápices nuevos y gomas de borrar del Protectorado de la Infancia en Santa María la Blanca. En estos tiempos tan difíciles de gestionar, donde manda la incertidumbre y el desosiego, es cuando más debemos buscarnos en el espejo de nuestras raíces. Saber distinguir lo vacuo de lo que resulta verdaderamente trascendental. Somos lo que fuimos y nunca lo que llegaremos a ser. El triunfo de lo concreto sobre lo inconcreto. De donde venimos y hacia donde vamos. Configuramos una bolsa de alpiste dominguero en la Alfalfa. Un papelón de calentitos de Cabeza del Rey Don Pedro. Unas sandalias, con el empeine del pie marcado por las huellas del sol, compradas en el Sanatorio de la Goma. Una maquina de coser empeñada en el Monte de Piedad. Un cuadro de Carmen Laffón expuesto de madrugada en las paredes de la calle Vírgenes. La eterna imagen de Manolo Luque sentado de manera permanente junto al Paso de La Candelaria expuesto en la Catedral Hispalense. Los fulgores, los eternos fulgores, del Martes Santo que se eternizan con el permanente relevo entre padres, hijos, abuelos y nietos. Ayer terminó para siempre el 31 de Marzo del Año del Señor de 2025. Ayer, precisamente ayer, ya estaba expuesta la Candelaria en su Paso de Palio. Decíamos ayer……..
martes, 1 de abril de 2025
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