lunes, 20 de junio de 2016

Mal bajío






“Pero en un hilo se quebró el portento

de las medidas justas y mortales

y tu vida perdióse en un lamento”

 - Joaquín Romero Murube -



El día que nació no se sabe bien que planeta reinaría pero seguro que era uno donde  la pena mandaba en cada rincón.  Su infancia, más que recuerdos de un patio de Sevilla, eran recuerdos de un Patio de Cuadrillas. Dicen que haciendo la “mili” en San Fernando una gitana le leyó la buenaventura y al leer las primeras líneas de la palma de su mano salió espantada sin querer coger siquiera la moneda que le ofrecía. Su padre era arenero en la Plaza de Toros de Sevilla y él soñaba con pisar un día con un traje de luces la arena que su padre alisaba las tardes de puros y claveles reventones. A base de revolcones en plazas de tercera fue subiendo en el escalafón de los novilleros sevillanos. Era el mejor de su generación. Él no lo sabía pero ya era una Siguiriya andante en busca de su trágico destino. Un “Amargo” lorquiano vestido de color Burdeos y Azabache buscando refugio en el capote de grana y oro de Juanita Reina.  Un muchacho buscando la gloria para salir de la mediocridad del común de los mortales.  Un esbozo de gran torero con planta de galán de cine. Un fiel amigo de los toros enamorados de la luna y a los que el Fary les desabrochaba los botines cada noche. Fue en la Plaza de Toros de…. donde se cumplió su destino de hombre de mal bajío.  Eran las siete y media de la tarde de un caluroso mes de junio.  Después de un sublime toreo de capa cogió los trastos para iniciar la faena de muleta. La banda tocaba el pasodoble Nerva ante el silencio expectante de los aficionados allí congregados. Aquello olía a tarde grande y a triunfo de los que nunca nadie olvida.  Empezó a torear al natural ante los ¡oles! del enfervorecido público.  Citando de frente y con los rayos del sol dándole en la cara no se percató de que el toro de su alternativa, un cuatreño llamado “Quitamiedos” de 516 kilos de peso, se le coló de rondón.  Notó una quemazón insoportable cuando el pitón izquierdo le penetró por la axila.  Ya poco más. Una carrera hacia la enfermería de la Plaza con un runrún sobre su cabeza y una luz al final de un túnel que lo llevaba en volandas desde la vida hacia la muerte.  Tenía veintidós años de edad y cuatro el toro que lo mató.  Su anunciado mal bajío que un día hizo correr a una gitana en San Fernando había tomado cartas de naturaleza.  La fuerza del destino jugando su truncada pareja de ases.





Juan Luis Franco – Lunes día 20 de Junio del 2016



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