viernes, 5 de febrero de 2010

Camino de San Lorenzo.


Como un ritual marcado por el compás del tiempo acudían cada viernes del año a una cita ineludible. Eran dos mujeres de un corral de vecinos de la Collación de San Nicolás, que aparcaban por unas horas sus duras tareas cotidianas.


Allí quedaba esperando inmisericorde la pila de lavar con su refregaor gastado por el uso y su trozo de jabón verde. La cocina de carbón con su aventaor colgado de una puntilla en la pared. Antes de partir dejaban la habitación (el cuarto) más limpia que los chorros del oro. La ropa –más blanca que el jazmín- tendida bamboleándose en cordeles de alambre como si bailaran por bulerías. Ya los diteros sabían que esa mañana no podrían contar con ellas. Pasarían de largo con sus juegos de toallas y sabanas colgadas del hombro, blandiendo amenazantes unas libretas tan gorda como las necesidades y penurias de la época. Pero hasta ellos sabían que ese día el Gran Poder para ellas era lo primero.


Con sus mejores vestidos y su moña de jazmines en sus roetes parecían dos mocitas casaderas. Desprendían esa belleza despejada y serena que nacen del sufrimiento, la decencia y la honradez. Se agarraban del brazo y enfilaban primorosas el camino que les llevaba a San Lorenzo. Pasaban fugazmente por la puerta de San Nicolás de Bari y se santiguaban levantando las miradas al unísono ante el azulejo de la Candelaria.

Después, una parada obligada en el Bar “La Unión” de la Plaza de la Encarnación, donde daban buena cuenta del café con calentitos (lo de churros lo dejamos para tierras madrileñas). Era el único “lujo” que podían permitirse y no estaban dispuestas a pasarlo por alto.

Ya, sin más dilaciones y por el camino más corto, al encuentro con el Señor de Sevilla. Una vez en su presencia una breve pausa para pedirle entre suspiros lo que procedía: salud para sus maridos y un futuro para sus hijos sin tantas estrecheces. Permanecían un rato en silencio hasta que una decía: “ea, vamonos”.

Con las pilas recargadas y el espíritu reconfortado volvían a su dura existencia cotidiana. Si el monedero lo permitía una parada previa en el Mercado de la Encarnación (al día de hoy con una “instalación provisional” que data de 1974) para comprar algo que les salvara el viernes alimenticio. Pues en eso consistía la supervivencia: en ir solventando el duro día a día.

Cuando por causas mayores una de las dos no podía cumplir con el ritual de cada viernes lo manifestaba diciendo: “Encarna / Lola este viernes no podré ir a ver al Señor”. A lo que invariablemente la otra le respondía: “no pasa nada. Lo dejamos para la semana que viene. El Señor sabrá perdonarnos”.

Mujeres de postguerra que levantaron el país dejándose las manos fregando suelos y las espaldas lavando en refregaores de madera. Que perdieron la vista zurciendo calcetines y dándoles las vueltas a los puños y los cuellos de las camisas. Que envejecieron prematuramente sin poder mirarse en los espejos. Que nos enseñaron cosas hoy en desuso como: “nunca te quedes con lo que no es tuyo”; “portate en la vida como un hombre; “trata con respeto a los mayores”; “no le hagas a una mujer lo que no te gustaría que le hicieran a tu hermana”. Nos empaparon de decencia por los cinco sentidos y nunca se quejaron de su dura existencia.

Estas dos mujeres cumplieron con el ritual del Camino a San Lorenzo durante cuarenta años. La que empuña la guadaña las separó hace ya algunos años. Una, que se llamaba Lola Montes ya descansa junto al Gran Poder. La otra, que es Encarnación Pelayo (mi madre) vive y camina hacia los 98 años de edad. Ya solo se ampara y visita al Señor en una foto enmarcada que le regaló Santi Pardo. La misma que ocupa un sitio de honor en la mesilla de noche de la Residencia donde pasa sus últimos días terrenales. Es ley de vida que pronto puedan volver a reunirse las dos y esta vez si que definitivamente habrán recorrido el Camino de San Lorenzo: aquel que nos lleva a las plantas del Señor de Sevilla.

Camino de San Lorenzo que es como caminar al corazón de la Sevilla Eterna.

miércoles, 3 de febrero de 2010

La Saeta o la Oración hecha Cante.



(A la memoria de mi tio Víctor Franco Fernández)

En una conversación informal con mi compañero y sin embargo amigo Salva Gavira, me plantea que pienso y opino del actual momento que vive la Saeta. Me comprometo a plantearle algunas reflexiones en un próximo “Toma de Horas” y en ello estamos. Quedan todavía –afortunadamente- algunos dulces y gloriosos días para el Domingo de Ramos pero me apetecía hablar de la Saeta. Acabamos de comenzar lo que antaño se conocía por “febrerillo el loco”.

Como primera aclaración debemos puntualizar que la Saeta no es un estilo del Cante Flamenco en si misma. La Saeta más flamenca nace del Cante por Siguiriya o por Martinete, existiendo otra más lírica y menos “jonda” en su capacidad expresiva.

Con estas tres modalidades ya podemos encuadrar musicalmente lo que entendemos por Saeta. A saber: por Siguiriya (Manolo Caracol); por Martinete (Antonio Mairena) y la de mayor lirismo (Niña de la Alfalfa).

La Saeta y el Cante Flamenco en general se nutren de las grandes aportaciones de sus interpretes. Ahí radica la grandeza del Flamenco: en sus artistas y en los núcleos donde se dan las condiciones para la simbiosis Artista / Pueblo.

Podemos situar la Edad de Oro de la Saeta en un periodo que comprende los años veinte y treinta del pasado siglo, siendo su epicentro fundamental la Ciudad de Sevilla, la Tierra de María Santísima.


Por las calles y plazuelas sevillanas sonaron los ecos legendarios de: Pastora “La Niña de los Peines”; de su hermano Tomás; o de Vallejo, Manuel Torre, Caracol, El Gloria, Centeno, la Pompi, la Niña de la Alfalfa, el Pinto, Antonio Mairena…..


¿Quien se atrevería a decir que con este elenco cantando al Hijo de Dios y a su Bendita Madre por los balcones de la Vieja Híspalis no estábamos en la cima de la Saeta¿. Aclaremos que estos cantaores/as eran grandes artistas del Flamenco y por ende grandes saeteros.


Cantaban fundamentalmente por devoción y por la gran atracción que causaban en el pueblo sevillano. Bastaba un eco lejano para que los sevillanos/as supieran a ciencia cierta quien estaba cantando. Hoy ya ni se conocen a las imágenes de los pasos. Triste consecuencia como resultado de considerar -algunos políticos- arcaicas y obsoletas nuestras tradiciones mas seculares y arraigadas.


A partir de finales de los años sesenta se producen dos elementos sociológicos que a la postre devaluarían el mágico y popular mundo de las saetas.

A saber: una penetrante y sutil invasión anglosajona que lentamente aparta al pueblo de sus raíces más originales (no es para nada incompatible extasiarse con Los Beatles y “romperse la camisa” escuchando a Caracol). También la aparición del “saetero profesional”, que ya se nos aparece como un artista sin implicaciones con el Cante Flamenco. Es, dicho sin animo peyorativo, un “Cantaor de Cuaresma”.

Con la retirada del Maestro Manolo Mairena el panorama saetero actual se nos presenta cuando menos preocupante. Nos queda José de la Tomasa y algunos más que debemos cuidar como oro en paño. Lamentablemente hemos escuchado en las últimas semanas santas algunas saetas que eran un auténtico suplicio para oidos sensibles y refinados. No es justo que quien canta por penitencia la haga extensible a los que escuchamos tales desatinos sonoros. Lo que nunca va a faltar en la fuente del Flamenco es el agua fresca de la Saeta. Pues donde exista un buen cantaor/a hay un/a potencial gran saetero/a.

Encomiable el trabajo desarrollado todos estos años por Pepe Medina al frente de la Escuela de Saetas de la Hermandad de la Cena, como asimismo la Escuela de Saetas de Marchena, pero evidentemente siendo importante el estudio y conservación antropológica de esta música, no lo es menos que mientras que el pueblo no la reclame como maná del Cielo semanasantero, la Saeta sera anecdótica en nuestra Semana Mayor.

No vendamos pesimismo pero es tarea de todos el recuperar ahora esta tradición cantaora tan apegada a nuestra memoria sentimental sevillana. Para que las generaciones que nos precedan sigan embelesadas con esta forma que tenemos los andaluces de rezar cantando. Doy fe y testimonio que existe gente joven en el Mundo del Flamenco con grandes aptitudes para la Saeta. Pero mi duda está en si existe en la calle el fervor y el respeto que mostraron nuestros ancestros ante una Saeta bien cantada. Los tiempos cambian a un ritmo vertiginoso y los gustos están inducidos por “mamá televisión”. Esperemos que en el futuro la Saeta sea algo más que promesas castigo de nuestros oidos, o reliquia de nuestro Museo de Arte y Costumbres Populares.

lunes, 1 de febrero de 2010

“Padre Nuestro que estás en los cielos….baja por favor”.



Nuestra Sociedad ya presenta síntomas inequívocos de la repercusión social de la Crisis. Gente que ayer tenían trabajo y una vida estructurada normal, se pelean buscando comida con vagabundos, rebuscando en la basura de las traseras de los hipermercados. Son alimentos caducados pero que cubren las perentorias necesidades en la supervivencia del día a día. Cáritas denuncia amargamente que se han multiplicado por cien las demandas de alimentos y ropas y que no tienen recursos materiales para atenderlas. Los comedores sociales han triplicado sus turnos de comida y ni así cubren la gran demanda para los que son requeridos. El paro creció –y crece- de manera alarmante, y quien mejor conoce -o debía conocer- los datos macroecónomicos (Pedro Solbes), anunció en versión Nostradamus que lo malo estaba por llegar. Que el año 2010 será de armas tomar (en sentido figurado claro).

Solo existen dos formas de afrontar una grave enfermedad. Primero, sanando al enfermo con una terapia de choque y segundo, analizando las causas que la han originado, evitando así que pueda volver a repetirse. Es lo que se conoce como medicina preventiva. Es decir atajar el mal en sus origenes y bloquear su pernicioso desarrollo. Esto es extrapolable a cualquier situación y no digamos a la socio-económica. No es de recibo que un día nos acostaramos instalados cómodamente en la Sociedad del Bienestar y al otro día amaneciéramos pobres de solemnidad.


Es mas que previsible que dejemos sin yerba los caminos que conducen a las administracciones de Loteria y juegos de azar. Tampoco crecerá mucho en los alrededores de algunas capillas y basílicas. Las mismas que hace unos días teniamos prácticamente olvidadas. Es nuestra condición humana y poco o nada podemos hacer para cambiarla. La Crisis, directa o indirectamente, nos va a afectar a todos (exceptuando, claro está, a aquellos/as que tienen las arcas repletas. Fruto de navegar con sus barcos piratas abordando sin piedad a los pequeños veleros. Que cada cual ponga aquí los nombres y apellidos de los bucaneros que estime conveniente).


¿Estará nuestra clase política en general a la altura de las circunstancias?. Sinceramente no nos dan pié para el optimismo, pues parecen mas preocupados en tirarse los trastos a la cabeza que en coger al toro de la Crisis por los cuernos. ¿Saldremos reforzados de tan difícil coyuntura?. Debíamos hacerlo pero será una tarea solidaria, dura y donde debíamos intentar recuperar al ser humano sensible, espiritual y solidario que un día dejamos enterrado a los pies de un cajero automático. Hace tan solo muy pocos días don Felipe González en un tertulia telivisiva mañanera, y en respuesta a que se pronunciara sobre la crisis dijo: “posiblemente sea verdad que existan indicios de que a nivel global empieza a remitir la crisis –España tardará mas por razones obvias-. Lo lamentable es que como no ha existido el menor interés en analizar –y corregir- en profundidad los motivos de este estrepitoso derrumbe financiero, a la par que remontamos puede que ya estemos incubando la próxima que a no dudar será peor. Pues lloverá sobre mojado”.
Lo que debe ofrecernos pocas dudas es que de esta crisis los ricos saldran mas ricos y los pobres –palabra mal vista actualmente pero que engloba a la mayoría de la población- saldremos mas empobrecidos. Tiempo al tiempo. Los creyentes de verdad tenemos que jugar un papel fundamental en esta difícil tesitura. Los marxistas ya nos demostraron históricamente como “revitalizaron” la economía solidaria, y como se plasmaron las libertades individuales y colectivas allí donde gobernaron. Repasen con un mínimo rigor histórico esos años y sus consecuencias en la URSS y Países Satélites. O si acaso en China o Cuba sin ir mas lejos en el tiempo. Ahora le puede haber llegado el turno a los cristianos de verdad, canalizando su acción solidaria a través de las Hermandades y Asociaciones. Que cada uno asuma su papel y actue de acuerdo con su conciencia.

Hay que remangarse para remar con fuerza y acordarse una vez mas de lo que dijo uno que nació en Nazaret…..”amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Los que ya peinamos canas y nacimos con los flecos de la postguerra sabemos de verdad lo que es pasarla canutas. Era muy normal que de niño, hubiera noches en que el hambre y el frío no te dejaran conciliar el sueño. Tener que ir a la parroquia mas cercana para que te dieran mantas, leche en polvo y el llamado “queso americano”. Eran esas historias, que cuando intentabamos contarlas a nuestros hijos o nietos las consideraban “batallitas” de papá o el abuelo. Lo triste es que posiblemente vuelvan a reaparecer en pleno siglo XXI. Salimos entonces adelante y, sin dudar, saldremos airosos también ahora de esta difícil situación. Habíamos fabricado un mundo de falsas apariencias y de cartón piedra. De embacaudores y ladrones de toda indole. De falsos profetas que solo pregonaban las excelencias del dinero y la opulencia. Usureros y políticos corruptos que solo vivian –y viven- prepocupados de aumentar su botín. No nos dimos cuentas que eramos frágiles hojas otoñales a merced de los vientos que soplaban los mercaderes. De un consumismo compulsivo. Comprar por comprar sin medir las consecuencias a medio y largo plazo. Exceptuando a los pobres de solemnidad de los paises del Tercer Mundo y algunos marginados que vagabundeaban y dormían en nuestras calles, ya los demás formábamos parte de una amplia clase media. En fin ahora pintan bastos y hay que apretar los dientes.

Lo dicho, vamos a pelear por la supervivencia. No nos queda otra. Aprovechemos para reivindicarnos como personas. Empujemos el carro con las esperanza de que los carreteros no nos fallen. Que ya lo dice el refranero popular: ”no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista””