viernes, 26 de marzo de 2010

Puerta de San Miguel




¿Cuántos siglos caben en las horas de un niño? (Ocnos) Luís Cernuda

Cuentan los pocos vecinos que viven en los aledaños de la Parroquia del Sagrario, que en la madrugada del Viernes de Dolores siempre se escucha un suave chirrido procedente de la Puerta de San Miguel. Parece como si se desperezara después de un año entero de inactividad. Las palomas que anidan en los huecos de la fachada catedralicia se muestran inquietas y revoletean cambiando sus posiciones. Es como si previeran que algo grande estuviera a punto de producirse en el seno de su histórico entorno. Están nerviosas como toda la Ciudad. A diferencia de la paloma de Rafael Alberti, estas no se equivocaban. Presagian la llegada de un nuevo y eterno Domingo de Ramos.

Al alba del cercano Barrio del Arenal llegan olores a brea, madera y sal. A surcos de carromatos transportando especias, café y tabaco procedentes de ultramar. Al brillo de tesoros guardados en arcones, y que siempre pasaban de largo por la Ciudad buscando la Villa y Corte. A Reales Atarazanas de sanatorios de barcos, que se morían de melancolía por volver a surcar los mares. A marineros vencidos y agotados por el escorbuto. A Hospital de la Caridad, que fundara aquel que hizo religión mezclándose y diluyéndose amorosamente con los mas pobres. A coso baratillero todavía en dulce reposo, esperando a través del color y la luz tardes de toros. Maestranza con olores a romero, menta y canela; a puro y clavel, y que envuelven el aire presagiando la faena soñada por toreros y aficionados. Lo lúdico y lo artístico, atrapados por la sombra de la tragedia, envueltos en los sones de un pasodoble. Y al fondo, en la otra orilla del río: ¡Triana!

Puerta de San Miguel por donde entrarán, durante toda una semana, las cofradías que dan sentido espiritual y tradicional a la Ciudad. Serán –seremos- nazarenos penitentes, costaleros, aguaores, músicos, capataces, manigueteros…..los que entremos por esta Puerta, y saldremos de manera ya compacta, como almas gemelas reconfortadas para un nuevo tramo de la travesía de la vida.

Cuando la primera cruz de guía cruce el dintel de la Puerta de San Miguel, y ya sin solución de continuidad, estarán cogidos de la mano el pasado y el presente. Muy lejos nos quedará una Cuaresma donde –como pasó casi siempre- se dijeron cosas que sobraban, y se omitieron otras que debían decirse. El Pregón –magnifico pregón- de Antonio García Barbeito dejó estelas de olivares, trigo y verdad por los márgenes del Paseo de Colón. Esta Ciudad nuestra no tiene más pulso que el que le dan sus Fiestas Mayores. Sevilla siempre contó con excelente músicos, pero los directores de orquesta nunca están a la altura de las circunstancias. Reflexionen, repasen y ya me dirán si exagero. Es nuestro sino y poco o nada podemos hacer para cambiarlo. Nuestros gestores públicos del ayer, el hoy y el ¿mañana?, pocas veces estuvieron acordes con lo que les demandaba la Ciudad. Vimos hace unos días –en plena Cuaresma- un ejercicio de rancio catetismo. Se colgaron unos cartelones anunciándonos que se iba a celebrar en Sevilla nada menos que un ¡Consejo de Ministros de España! “Bienvenido Mister……ZP”. No tenemos arreglo.



Como explicarle a nuestros dirigentes más cercanos (de cerca y no de cercanía) que esta Tierra le dio dos emperadores a Roma (Trajano y Adriano); un Premio Nóbel a la Literatura (Vicente Aleixandre); dos de los más grandes poetas universales a la Poesía (Luís Cernuda y Antonio Machado); dos genios a la pintura universal (Velásquez y Murillo), en fin para que seguir. Al final somos “importantes” porque ZP y sus ministros/as han descubierto como diría Serrat….”que el Sur también existe”.

Pero ahora toca otra cosa. Toca sacar los sentidos y nuestras más nobles tradiciones a pasear por la Ciudad. En un tiempo donde las horas la marcan las emociones y no los minutos. Tiempo donde nada es lo que parece. Donde los niños sueñan con ser hombres, y los hombres con volver a ser niños. Donde las adolescentes sueñan con llegar a ser mujeres, y las mujeres paladear de nuevo el dulce néctar de la adolescencia enamorada. Tiempo de lágrimas contenidas por aquellos, que ya varados por sus circunstancias personales, sueñan calles y plazuelas desde sus obligados retiros. Tiempo para que los ausentes por siempre de nuestras vidas cotidianas, renazcan durante una semana, viendo por nuestros ojos y palpitando por nuestros corazones. Tiempo en definitiva de una Ciudad sin tiempo ni medida. Relojes sin minuteros. Campanas sin soniquetes. Sombras donde se proyecta la luz. Cante que araña nuestras entrañas. Dulce fulgor que ciega los ojos y abre las ventanas del alma. Manzanilla que enerva los sentidos. Tambores y cornetas que llenan de sonidos donde antes reinaban los motores de los coches. Gozo, luz, cirio, clavel, saeta, cruz, silla, capirote, estandarte, sandalia, torrija, calor, incertidumbre, palco, papeleta, bacalao, barrio, estreno, primer amor, encuentro, bulla, vino, agua, tradición, música, rampa, parque, Carrera Oficial, Puerta de San Miguel, Puerta de Palos, el Hijo de Dios y su Bendita Madre, o lo que es lo mismo, otro………¡Domingo de Ramos en Sevilla!

miércoles, 24 de marzo de 2010

Bondad infinita, infinita maldad.


Los veo desperdigados en sitios estratégicos por las calles del Centro de la Ciudad. Son aquellos que ya nada tienen ni tampoco nada esperan. Náufragos de la vida cuyas existencias solo tiene un sentido: la dura lucha por la supervivencia. Están siempre sentados en el suelo rodeados de grandes bolsas con todas sus pertenencias. Mantas y cartones son sus aliados inseparables para combatir las durísimas inclemencias del tiempo en la calle. Muchos de ellos tienen perros de miradas tristes y melancólicas. Fieles y únicos compañeros de fatigas y sinsabores. Llama poderosamente la atención el observar como estos nobles caninos tienen mejores aspectos que sus dueños. Los tienen perfectamente atendidos en sus necesidades alimenticias y afectivas.

Algunos, tocan con cierta habilidad alguna flauta para atraer la atención de sus posibles benefactores. Son –en su mayoría- extremadamente educados. Se ponen junto a ellos un vaso pequeño de plástico por si alguien al pasar tiene la gentileza de echarle alguna monedilla. Si lo haces te dirán de manera muy educada: “muchas gracias caballero”. Otros hacen ceniceros de latas y te los ofrecen por lo que nuestra voluntad estime conveniente darles. Son pedigüeños pasivos que nunca abordan a nadie en la calle para pedirle. Dejan a nuestra entera libertad y conciencia el que nos hagamos solidarios con su terrible pobreza.

Situemos –lógicamente- fuera de este contexto de indigencia a los artistas urbanos. Aquellos que a través de la música o del arte de la mímica y la pintura, llenan nuestras ciudades de talento y sensibilidad. Les dan a la calle calor y color, consiguiendo que entre nosotros y los escaparates de las tiendas, existan pequeños oasis culturales. He escuchado en la calles Sierpes o Tetuán tocar a un cuarteto de jazz, a un excelente guitarrista flamenco (que además cosa bastante complicada, se cantiñeaba bastante bien mientras se acompañaba con la sonanta) o a un quinteto de violines interpretando a Strauss verdaderamente admirable. Algunos de estos músicos callejeros poseen un talento extraordinario. Luego están los del mimo y los pintores que nos sorprenden gratamente, y nos regalan su impagable legado artístico a cambio de unas monedas sueltas. Nos hacen felices en nuestro deambular callejero, y es justo que recíprocamente les demos nuestra insignificante aportación por lo que tan gentilmente nos ofrecen. No están pidiendo, están, como cualquier artista, ofreciéndonos su arte conseguido sin duda a base de años de estudios y dedicación. No les hacemos un favor con nuestras exiguas donaciones, más bien al contrario, somos nosotros los agradecidos por ser receptores y beneficiarios del talento que emana de su arte callejero.

El mundo de los indigentes es bien distinto. Aquí solo nos ofrecen, a través de sus tristes miradas, su derrota ante la vida y sus trágicas consecuencias. Han quedado varados, perdidos y olvidados en el puerto de la desesperanza. Cada uno es el triste resultado de una historia personal –la suya- que lo ha llevado al último escalafón de la escala social: la indigencia. Son herederos del desarraigo familiar, el paro, el alcohol, las drogas, el desamor, la pena y de las mil formas que tiene el ser humano de ser derrotado por los reversos –duros e inmisericordes- de la vida.



Existen organizaciones sociales que, en una noble tarea, tratan -y consiguen en algunos casos- reinsertar de nuevo en la Sociedad a algunos indigentes. Nadie nace mendigo. Es la vida y sus circunstancias la que los lleva a un estado de total abandono y soledad. Se han rendido definitivamente ante todo y ante todos. Ya nada esperan, solo la subsistencia desde la orfandad más absoluta.

Os cuento una anécdota: hay uno que siempre me paro a hablar con él, pues siempre me llamó poderosamente la atención. Permanece situado en la calle Martín Villa, entre las oficinas de Cajasol y la del Banco de Santander. Creo que es noruego y sus modales dejan entrever una más que excelente cultura y educación. Le acompaña un perro grandote color canela. Este educado mendigo es rubio y colorado como un cangrejo. Cuando me paró a dialogar con él, se siente incomodo por su situación y hace ademán de levantarse. Las buenas formas por bandera. Un día comprobé junto a su perro un saquito de pienso anti-alérgico. Me resultó familiar pues mi perra lo estuvo comiendo una temporada, para combatirle unos pruritos que le salían en la piel. Se lo comenté y me dijo que a su perro le pasaba algo parecido. Lo curioso es que un paquete de 1 kilo de este pienso costaba ¡9 euros! Él pedía para comer y no permitía que a su perro le faltase de nada. Bondad humana en estado puro.

Dentro de muy pocos días, veremos pasar al Hijo de Dios y a su Bendita Madre por las calles de nuestra Ciudad. Cuando nos paremos a contemplar el rostro del Mesías, veremos como en el mismo está reflejado el desosiego y la desesperanza de los desheredados de la Tierra. Duele no solamente por lo que vemos sino por lo que representa y trasmite su dolor. Ese es el sitio natural de su divina presencia: tomando forma y cuerpo ante los que sufren, y que ya no encuentran ningún asidero a los que agarrarse. No busquemos al Cristo redentor bajo las sotanas de esos crápulas que en Irlanda y Alemania abusaban y machacaban a seres indefensos. Aquellas pobres criaturas que la vida abandonó a la deriva por los mares de la orfandad y, que “recogidos” por estos “curas” (que manchan el nombre de Dios con sus canallescas perversidades), fueron salvajemente maltratados y violados. La maldad humana en estado puro.

No les demos la espalda a los indigentes con frases tan socorridas como: “es mejor no darles nada, que luego se lo gastan en drogas y vino”; “es que aunque los ayudemos no quieren nuestra ayuda”. Ellos son como nosotros, pero la diferencia es que han sido derrotados por la vida y sus trágicas circunstancias. No nacieron indigentes, fue la vida la que les proporcionó esta tristísima condición humana y social. Ayudarlos directamente, o a través de hermandades u organizaciones sociales es nuestra obligación de humanistas cristianos. Otros que lo hagan –si lo estiman oportuno- desde sus posicionamientos ideológicos o políticos. No nos engañemos: si pasamos de ellos estamos pasando de nuestra noble condición de seres humanos.

lunes, 22 de marzo de 2010

El último tren a Gun Hill



En 1959, John Sturges dirigió uno de los mejores western de la Historia del Cine. El mismo del que me he apropiado de su titulo para este Toma de Horas. Sorpresas te da la vida, la vida te da sorpresas, decía una canción de hace ya unos pocos de años. Bien cierto es. Todo en nuestra andadura terrenal está por escribirse, y las circunstancias te obligan –o mejor condicionan- a dilucidar situaciones y comportamientos nada previstos. Viene esto a cuento porque debido al nacimiento de mi nieto, me he hecho usuario semanal de los trenes de cercanías. Mientras las fuerzas me lo permitan quiero verlo crecer en vivo y en directo, y no a través del testimonio de terceras personas. Nunca será lo mismo que te cuenten como está y como avanza por los senderos de la vida, que el hecho de comprobarlo tú en primera persona. Así lo hizo mi padre con sus nietas y, como los buenos ejemplos se hicieron para copiarlos, por esos andurriales me muevo en la actualidad.

Tomo todos los martes un tren que va desde Santa Justa hasta la tierra de Bambino, Fernanda y Bernarda. Utrera de buen cante, de buenos dulces celestiales y de conventos de rezos y meditaciones. Me apeo en la Estación de Dos Hermanas –mi punto de destino- y me encamino gozoso al hoy centro de mis afectos más genuinos: mi hija y mi nieto. Son unos cortos 15 minutos de trayecto que me llevan y me traen allí donde anidan mis más nobles emociones humanas (mi madre representa un inolvidable pasado y ellos un esperanzador presente).

Asumo sin complejos mi pertenencia al clan de los neuróticos sedentarios. Mi currículo de viajero es cortito y con sifón. Nunca me gustó viajar. Hice a lo largo de mi vida algunas excepciones ciertamente enriquecedoras. Me siento cómodo –muy cómodo- visitando cualquier parte de Andalucía (en Cádiz o Granada ni les cuento). Visitar por un día la Villa y Corte también me satisface plenamente. Me enamoré de Cataluña en la única etapa de mi vida donde trabaje y viví fuera de Sevilla. Me fascina la Castilla profunda que conozco: Salamanca, Valladolid, Zamora y ¡Toledo! De mis pocas y esporádicas salidas al extranjero podría decir que: Hamburgo me deslumbró pero no sería capaz de vivir allí (llaman sol a algo muy tenue que de tarde en tarde asoma entre las nubes). En Paris solo estuve unas horas (tiempo suficiente para averiguar la catadura moral de un par de sus taxistas). Me decepcionó el Londres cosmopolita y quedé perdidamente enamorado de la vieja Escocia (independiente de por ser la madre del güisqui). Me gustaría, antes de que mis cenizas reposen en el columbario del Gran Poder, visitar mis dos asignaturas pendientes en forma de ciudades: Florencia y Praga.

Siempre me gustó –y me gusta- descubrir nuevos territorios a través de la Historia y la Literatura. Viajar, en definitiva, a través de la imaginación de talentosos escritores, y conocer las ciudades y pueblos por las páginas –brillante y hermosas páginas- que dejaron escritas para la posteridad. Todas las ciudades tienen dos lecturas: la científica que emana de sus grandes historiadores y, la sentimental, que nace del corazón y el talento de novelistas y poetas. ¿Cómo se puede desentrañar el alma andaluza sin leer los textos historicistas de don Antonio Domínguez Ortiz, o la inmortal pluma poética de don Federico García Lorca?


La Literatura, que no es más –ni menos- que el noble intento de racionalizar el mundo de los sueños, tiene uno de sus epicentros sentimentales en las antiguas estaciones de trenes (las de hoy tienen más de comerciales/profesionales que otra cosa).

Allí, donde siempre reinaba el reino de las emociones a través de las lágrimas contenidas. Aquellas que brotaban con la marcha de nuestros seres queridos, dejándonos atrapados entre el desconsuelo y la melancolía y, las que nacen con la inmensa alegría de recibir a los que retornan. Todo mezclado entre olores de carbonilla, porteadores de bultos y maletas en carretillas interminables, y ruidosos pitidos de locomotoras que expandían circulares nubes de humo negro a sus llegadas. Estaciones sevillanas de San Bernardo (de Cádiz) y Plaza de Armas (de Córdoba) unidas de por vida a nuestra memoria sentimental. Gentes queridas que despedíamos huyendo de la pobreza y buscando nuevos y mejores horizontes en Bélgica, Alemania o Cataluña. Hermanos mayores que portando sus macutos de reclutas se preparaban para sufrir la irracionalidad de los campamentos militares.

O amores temporales de Semana Santa y Feria, que despedíamos con la ilusión de nuestra adolescencia recién estrenada:

En el tren que se alejó
a quinientas millas lejos
va mi amor.


Ahora cuando acudo cada semana a la Estación sevillana de Santa Justa compruebo que el mundo de las estaciones es hoy bien distinto. Ya ha desaparecido el caudal de emociones que acompañaba la salida y llegada de cada tren. Ya casi nadie despide o recibe a algún viajero (siempre nos quedará las despedidas de los enamorados). Ahora ya son usuarios crónicos de trenes y pocas veces ocasionales. Los veo desde mi dulce espera en Santa Justa, no con maletas de cartón atadas con cuerdas huyendo del hambre, sino con maletines de cuero y bolsos de diseño hablando incesantes por sus móviles. ¿Tan importantes son como ellos se creen? ¿Dejaría el mundo de girar si se quedan sin baterías? Tiburones de las finanzas y políticos de tres al cuarto que acuden a Madrid a resolver nuestros severos problemas, y que a la postre, cuando vuelven los que traen resueltos son los suyos propios. Son los burócratas fantasmas del AVE.

Son viajes rápidos y que aprovechan para repasar expedientes y emborronar algunos folios con estrategias, tácticas y demás lindezas. Un mundo hecho a su medida pues son ellos los que lo han confeccionado. Ya no hay sitio para la literatura y las emociones. Es el tiempo de los pragmáticos. Pero no desesperemos, siempre nos quedará Paris (en mi caso la cercana Dos Hermanas), para tomar brevemente un tren –el mío es de cercanías-, buscando la impagable sonrisa de mi nieto y el cariño de mi primogénita.