jueves, 13 de marzo de 2025

El Vigía de la Ciudad





Nunca sabremos si fue Él quien eligió a la Ciudad o si la Ciudad lo eligió a Él.  Tampoco parece ser lo verdaderamente importante.  Él siempre se nutre de nuestras dudas e incertidumbres y nosotros nos nutrimos de sus certezas y su indesmayable firmeza. Vive solo pero nunca está solo.  Ni incluso cuando de noche se cierra el pórtico de su divina morada.  Sale poco pero cuando la hace consigue que se disipen todas las tinieblas.

 La Ciudad en la distancia le reza de las formas más diversas y lo busca en las circunstancias más complejas.  Fue el Dios de nuestras abuelas y de nuestras madres.  Hoy es el Dios de nosotros envueltos en una patina de dudas existenciales.  Un Dios ya omnipresente en el incierto futuro de nuestros hijos.  Dios del mañana en la vida por vivirse y gastarse de nuestros nietos.  Todo gira en torno a Él y todos giramos con Él dentro de la ineludible y firme presencia de la Ciudad.  No es martillo de herejes pues hasta los herejes terminan creyendo en Él.  Ante su presencia hasta los Santos Evangelios ocupan un segundo plano.  Un firme baluarte para los cristianos pero también para los incrédulos.

 Su mirada es introspectiva y profunda pues sabe y siente las miradas suplicatorias  que sobre Él siempre proyectamos.   El Dios de una Ciudad hecha a su imagen y semejanza.  Donde algunas veces se confunde el sol con la luna pero que nunca yerra al buscar la senda que nos lleva hasta sus plantas.  Un puerto de atraque donde poder acudir cuando nuestra barca empieza a hacer aguas.  Un asidero donde agarrarse ante las tormentas.

  Él sabe, bien lo sabe, que un día ya seremos tan solo recuerdos borrosos en fotos sepias y vidas amortizadas por el paso de los años.  Lo sabe y siente sobre las espinas de su frente que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar y allí, siempre benevolente,  nos juntaremos con Él en la ultima playa.  Al fin podremos decir: “En verdad  tú eres el Hijos de Dios y  de ti dimana un Poder Grande y Misericordioso”.   Nunca sabremos, tampoco importa, si la Ciudad lo elevó a los Altares o si fue Él quien elevó a la Ciudad a los Altares de la Eternidad.  Él siempre será el eterno Vigía de la Ciudad. 

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