El pasado viernes día 14 de marzo se cumplieron cinco años desde que empezó el confinamiento para prevenir males mayores e irreversibles por parte del COVID. Las secuelas en perdidas de vidas humanas provocadas por esta Pandemia fueron demoledoras. El personal sanitario en primera línea consiguieron salvar muchas vidas y muchos pagaron con las suyas la titánica lucha que mantuvieron contra el COVID. Lucharon sin los medios necesarios e ignorando los caminos que emprendería este mortífero virus. Las iniciales bolsas de basuras para protegerse eran un signo inequívoco de la desigual lucha que tuvieron que librar. Hoy, por la pésima gestión política de la Sanidad Pública, siguen sufriendo incluso con menosprecio y agresiones las difíciles condiciones en las que se ven obligados a desarrollar su trabajo. La Sanidad es un mastodonte que mueve cientos y cientos de millones y la posibilidad de privatizarla (introducirla de lleno en la Economía de Mercado) es algo a lo que no se resisten algunos políticos. Si como muestra vale un botón citemos dos botones fundamentales: la Comunidad de Madrid y la de Andalucía.
Fueron días, muchos días, de incertidumbre donde el horizonte se nos mostraba lleno de nubarrones y donde algunos en un ejercicio de supina avaricia se llenaron los bolsillos. El negocio que se creó con las compras de mascarillas y sus secuelas comisionistas hablan por si solo. Es verdad que en situaciones extremas es cuando sale a relucir lo mejor y lo peor de los seres humanos. Escoria dispuesta a hacer negocios con el dolor ajeno y personas bondadosas y solidarias que lucharon denodadamente por que tuviéramos un halo de Esperanza. Los especialistas del comportamiento humano (psiquiatras, psicólogos, sociólogos, filósofos, politólogos…..) mantenían un cierto margen de duda sobre el compartimiento, nuestro comportamiento, en la etapa posterior a la superación de la Pandemia. Que cada cuál saque sus propias conclusiones si en verdad hemos aprendido algo de aquella durísima experiencia. El compartimiento de la ciudadanía durante el confinamiento fue absolutamente ejemplar. Así lo reconocieron distintas organizaciones internacionales incluyendo a la OMS (Organización Mundial de la Salud). Situaron a España como ejemplo de solidaridad y disciplina durante el aislamiento contra el COVID. Otra cosa bien distinta fue el comportamiento de algunos políticos.
El singular humor sevillano supo crear a través de los memes una especie de cortafuegos que funcionó perfectamente contra la pesadumbre reinante. En una época donde las series de televisión eran algo más que morbo, asesinatos, violaciones, policías y políticos corruptos, narcotraficantes, fenómenos paranormales y niñas asesinadas aparecidas en bosques cubiertos por la nieve existía una magnifica serie llamada “Hombre rico, hombre pobre”. Fue una miniserie de los años setenta que en su día se hizo muy popular y que narraba las peripecias de dos hermanos con trayectorias muy diferentes. El hombre rico (interpretado por Peter Strauss) era un triunfador nato tanto en el mundo empresarial como en el del laberíntico de la política. El hombre pobre (con el gran Nick Nolte) era un perdedor en todos los frentes en los que se implicaba. A pesar de las distancias sociales los hermanos nunca dejaron de quererse y a la postre fue el hermano rico quien más necesitaba la ayuda del hermano pobre.
Salvando las distancias la Pandemia también determinó de manera rotunda las grandes diferencias entre viejos ricos y viejos pobres. Los primeros fueron derivados hacia los hospitales donde muchos consiguieron salvar sus vidas. Los segundos fallecieron de una manera miserable en la tremenda soledad de sus habitaciones en las Residencias de Mayores. La pobreza es un mal endémico y si encima le sumas las cotas añadidas de la ancianidad suele llover sobre mojado. ¿Para que necesita esta Sociedad a personas que ya no producen, apenas consumen y encima con el cobro de sus pensiones le suponen un alto coste al Estado? ¿Los Derechos Humanos? Preguntarle al del rotulador de la Sala Oval por los Derechos Humanos.
Ya sin ningún tipo de disimulo estamos inmersos en una Sociedad donde manda el dinero y, de manera fundamental, aquellos que lo poseen. La Pandemia, independiente de la edad que tuviera cada cual durante su desarrollo, ya ha quedado impregnada en nuestra memoria sentimental como una de las etapas más duras de nuestras vidas. Basta con abrir cualquier cajón y darnos de bruces con una mascarilla celeste para conseguir emocionarnos. Fueron días y meses de una dureza extrema. Han pasado cinco años y parece que fue ayer. ¿En verdad hemos aprendido algo de esta dura experiencia?
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