“No existe huida más inútil que la emprendida por el ser humano huyendo de si mismo”
Cuando ya la vida te ha situado en la barrera de los octogenarios resulta conveniente ir racionalizando tu vida y sus consecuencias colaterales. Tienes que saber gestionar la lucha que se produce entre tu cerebro y tu cuerpo. Desde la “azotea” de tu estructura ósea te llegan mensajes en clave de positivismo existencial. Te dice ante cualquier reto: “Venga tú puedes, veras como si puedes”. Sin embargo, el cuerpo te manda señales inequívocas y te da instrucciones precisas para tomar precauciones pues después las consecuencias serán más físicas que mentales. Un eco interior te va diciendo: “Venga hombre eso ya es no para ti. Si lo sabré yo bien que llevo ochenta años configurando tu cuerpo”. Es una lucha dialéctica entre el querer y el poder. Entre el deseo y la realidad.
El pasado 31 de Diciembre del año que se nos fue de las manos pudo tener para mí consecuencias cuando menos preocupantes. Salí por la mañana a realizar un par de compras y además había quedado con un amigo en tomarnos juntos el ultimo café del año. Me confíe y ya iba algo tarde a la cita (cosa que va en contra de mi bien ganada fama de persona formal). Inicié una pequeña carrerita y fui a tropezar con una de las mil losetas que hay sueltas por las calles de mi Barriada (Sevilla, “gracias” al empedrado de sus calles, es la Ciudad que ofrece mayores posibilidades de una buena caída. Es el “paraíso de las escayolas”). Aterricé en el suelo como un saco de patatas que tiraran desde lo alto de un camión. Me senté en el suelo dolorido y con ánimos de levantarme. Tenía el convencimiento de que le daría la Nochevieja a mis hijas. Aquello no pintaba bien pero gracias a la ayuda de un vecino pude incorporarme. La primera impresión no fue del todo mala. Creo que las distintas capas de ropa que llevamos en invierno amortiguó la caída. Si este tropezón hubiera sido en verano con un polo de manga corta termino en los servicios de Urgencia. Nada, estaba intacto y completamente ileso. Ni un solo rasguño. Se ve que a mí ángel de la guarda le había pagado San Pedro las horas extras que se le debía y se quiso justificar. Increíble pero cierto y además como me caí sin un empujón previo se me cerraba la posibilidad de reclamar penalti. Dicen que “Dios aprieta pero no ahoga”. También tiene sus “colchoneros” de guardia para que no nos machaquemos con el duro asfalto sevillano. Ahora se que me darán la lata tanto el cerebro como el cuerpo. El primero me dirá: “Tranquilo esto ha sido un hecho aislado y no debes privarte de una carrerita cuando ves que se te escapa el bus. Tienes que estar en forma”. Mientras, este cuerpo que cada día se mueve con más lentitud argumentará: “¿Te das cuenta de lo que te decía? Déjate de carrerita cojones y si se va el bus que se vaya ya cogerás el siguiente. ¿Qué prisas tienes? “. Es la lucha dialéctica entre el deseo y la realidad. Correr o no correr he ahí la cuestión. La caída de Roma en clave y versión “pinomontanera”. Caerse y levantarse como hizo Jesús camino del Monte Calvario.
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