viernes, 30 de enero de 2026

La caída de las ramas



Los caminos del señor son inescrutables y los de la Naturaleza son imprevisibles. Esta semana el tiempo meteorológico nos ha mostrado su cara más rotunda. Viento huracanado y lluvias torrenciales han conseguido alterar seriamente nuestra forma de vida y también nuestra manera de encarar la cotidianidad de los días. Evidentemente los que están activos laboralmente y los que están en periodo escolar fueron los que peor tuvieron que sobrellevar este tiempo infernal. Se tuvieron que enfrentar a las inclemencias de un tiempo que estaba pidiendo a voces una reclusión hogareña. Las obligaciones mandan sobre todas las cosas. Por el contrario los que ya hemos aparcado definitivamente la vida laboral tuvimos la ocasión de podernos refugiar en una especie de mini-confinamiento. Salir a la calle se nos antojaba como una operación de alto riesgo. Con el fuerte viento las ramas de los árboles se bamboleaban peligrosamente propiciando un grave aterrizaje sobre los cuerpos de los viandantes. Mis dos hijas por separado se pusieron de acuerdo con un razonable consejo: “Papá no salgas que hay mucho peligro con la caída de las ramas. Mejor quédate en casa”. Dicho y hecho. Una reclusión voluntaria más que una reclusión es una razonable decisión acorde con las circunstancias meteorológicas. Ser proclive a los buenos consejos nunca está de más.
El pasado miércoles mi calle amaneció alfombrada de naranjas y de ramas de todos los tamaños posibles. Era la resaca de la tormenta del martes y el preámbulo de lo que todavía se nos venia encima. Resultaba conveniente ampliar unas horas esta especie de confinamiento. Sinceramente recluirme unos días con mis recuerdos y mis grandes aficiones no me supone un menoscabo importante. Con algo de paciencia y sabiendo en tiempo real que tus hijas, tus nietos y los pocos y grandes amigos que te quedan están bien la espera hacia la libertad callejera podía espera un poco más.

 Reflexionaba sobre las ramas de mi calle y el tiempo que tardarían en retirarlas (esta vez la recogida, junto con las naranjas, fue rápida y eficaz). Una rama por los suelos es un síntoma de derrota ecológica. La empuja el viento hasta desgarrarla del árbol con la inestimable ayuda de la falta de mantenimiento del arbolado. Los arboles urbanos enferman debido a dos factores fundamentales: la contaminación ambiental y la más que evidente falta de cuidados y conservación. En Sevilla, si el Ayuntamientos presente o venidero no lo remedia, los árboles serán solo un ejemplo de una propuesta urbana fallida que se nutre de lo superficial y banal en detrimento de la unión entre la funcional y lo bello. Las ramas se bambolean entre pájaros mudos; ruido de motores y el murmullo de las voces que nunca dicen nada. Sus hojas se caen (o al menos debían caerse) por los suelos en las tardes otoñales donde los tonos grises y ocres de los cielos le dan a la Ciudad una de sus formas de mayor belleza expresiva. Cuando al andar pisas las hojas puedes notar el crujir del tiempo bajo las suelas de tus zapatos. Las ramas son la parte más visible de los arboles aunque es en sus raíces donde se sustenta la verdadera fortaleza del árbol. Cuando mi abuela nos hacia su delicioso arroz con leche siempre lo remataba con un poquito de canela en rama. Aquello era probar un trozo de cielo sevillano. Un canto a la nostalgia de los sabores perdidos del paraíso de la infancia.
Rama en los arboles; rama en los añorados postres de la infancia y rama en una manzanilla sanluqueña de olores a barcas y sabores a los mediodías de Bajo de Guía. Las ramas que se derraman por las calles de la Ciudad empujada por la fuerza de los vientos.
La vida, encerrada en un mar de pasiones donde merodean las luces y las sombras, pidiéndole a Dios que si alguna vez naufraga nuestra barca tengamos a mano una rama donde poder agarrarnos. Una rama que nos eleve del suelo y nos lleve en volandas por los callejones secretos de la Ciudad. Una rama de algún árbol centenario de la Plaza del Museo que se tensa cada mañana para poder ver más de cerca la Inmaculada de Murillo.

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