miércoles, 8 de septiembre de 2010

Un clavel, un rojo rojo clavel



Un rojo clavel encendido por la arrebatadora pasión del “queré” más verdadero y desgarrado. Una pálida rosa con las espinas manchadas por la sangre del desamor. Unos corceles blancos y negros que galopan, pregonando el gozo y la pena negra, por las llanuras del amor y el desconsuelo. Vuelos acompasados de batas de cola que perfuman de azahar y jazmín las callejas y plazuelas andaluzas. Un suspiro entrecortado tras la reja de una ventana. Una mirada cómplice y perdida antes de llegar a su amoroso destino. Unos besos soñados que se escapan como las olas que besan la arena y se difuminan entre espumas blancas. Una campana llamando a una boda que no es la tuya, mientras una furtiva lagrima impregna tu dedal en el taller de costura. Una faca lorquiana que brilla en la noche estrellada ansiosa por rendirle cuentas al agravio. Un abanico que tras su bamboleo deja traslucir unos ojos verdes como el trigo verde. Un padrenuestro musitado tras las paredes de un convento refugio del desconsuelo. Un amor de compra y venta denostado por los convencionalismos sociales. Un: “tú eres la otra, la otra, que a nada tienes derecho, por no llevar un anillo con una fecha por dentro”. Todo y, muchas cosa más, conforman el agua del manantial donde nace la Copla. En ella está implícita el alma de Andalucía y el corazón de la España más profunda. Tremendas y desgarradoras historias de amor –más bien de desamor- de tres minutos de duración. Venas que se abren en canal. Amores prohibidos de mancebías. Encuentros amorosos portuarios envueltos en el humo de sus tabernas y mojados con lágrimas y ron. Arena en los ojos para no ver los engaños y desaires. Cortijeras maduras locamente enamoradas de jóvenes novilleros. Embozadas caminando pegadas a las tapias de los cementerios. Todo, absolutamente todo, impregnado en la bandera verde y blanca de Andalucía. Verde en sus interminables hileras de olivos y blanca en la cal de sus pueblos. Todo magistralmente creado por la excelsa pluma del mayor poeta popular que parió esta tierra de mares y montes: don Rafael de León y Arias de Saavedra. Historias de rompe y rasga para las Señoras de la Copla: Concha, Juana, Marifé, Gracia, Paca, Lola, Isabel y Roció (¡Rocío, ay mi Roció, manojito de claveles de…los viveros de tu Chipiona!).



La Copla a pesar de que la quisieron enterrar algunos “historiadores progresistas” como algo decadente, rancio y de claras connotaciones franquistas (¿) no estaba muerta, más bien estaba durmiendo el injusto sueño del olvido de lo culturalmente popular. Encomiable el trabajo de recuperación y dignificación que desarrollaron contra viento y marea gentes como: Carlos Herrera (impagable su entrevista en Argentina a Miguel de Molina), Daniel Pineda Novo, Emilio Jiménez Díaz, José Blas Vega, Terenci Moix o Manuel Vázquez Montalbán. Ha bastado un Concurso en Canal Sur con una extraordinaria audiencia que no esperaban ni los más optimistas y, un excelente trabajo discográfico de Miguel Poveda (“Las coplas del querer”), para que la Copla vuelva a ocupar el sitio que les sustrajeron los “vanguardistas” de pan pringao (mis respetos a Martirio que le dio sitio y esplendor a la copla en clave modernista pero respetuosa).


El Flamenco, la Copla y el Toreo configuran nuestra memoria sentimental más noble y consiguen atarnos amorosamente con nuestros ancestros. Mujeres inclinadas sobre lebrillos de barro lavando la ropa en los patios de los corrales cantando “Maria de la O”. Albañiles enfoscando paredes con sus palaustres mientras entonaban el soniquete de “Vino amargo”. Niños jugando al toro en la plazuela de Santa Ana soñando con la Maestranza sevillana. Muchachas de pueblo, enviadas a Sevilla para “servir”, limpiando ventanas señoriales al son de “Madrina”. Tabernas que desprendían el eco lejano y sentencioso del fandango del Bizco Ámate. Nuestras nobles ataduras emocionales y sentimentales que nacen y duermen en los recovecos del alma. Tiempo de dura penuria sostenida por la cultura que nace de las entrañas del pueblo.

Lo nuestro, aquello que nos sitúa en la eternidad sentimental a través de lo efímero y volátil. La belleza y la cultura popular impresa en la rosa de los vientos.

Si el avance social y cultural de nuestra época hay que configurarlo tirando por la borda el sentido fardo de nuestras tradiciones, mejor tirar de la cadena del freno y bajarnos en la próxima estación. Una Andalucía –y por extensión una España- donde no tengan cabida culturalmente el Flamenco, el Toreo y la Copla, es una tierra huérfana de sentires y una barca a la deriva en los mares del desconcierto y lo insoportablemente inocuo. Miremos nuestra Cultura sentimental con los “Ojos verdes” de la esperanza. Los mismos que cantaron magistralmente en el ayer doña Concha Piquer y Miguel de Molina y hoy, como ejemplo gozoso de que esto va para largo, las egregias voces de Pasión Vega y Miguel Poveda.

1 comentario:

A. Vela dijo...

En esa relación de defensores de la copla hay que añadir a Pepe Camacho, un trianero de la calle de Carmen Florido, de Mikaela, de Gracia de Triana (en la esquina con Patrocinio) y de otras voces más... o sea, Castilla. El nombre de este abanderado es Pepe Camacho, alma y conductor de un programa radiofónico con varias decenas de años de existencia. Para mi fue un descubrimiento su blog que, naturalmente, te recomiendo, Juan Luis.