
Entré a media mañana por el pórtico de tu Basílica y me desplacé, según se avanza, por la orilla izquierda de este río de sentimiento sevillano. Allí estabas dentro de esta capsula de metacrilato que te evita a Ti, y sobre todo a nosotros, graves sobresaltos como los del pasado e infausto 20 de junio. El Señor de Sevilla es tan inmenso en su Divina Presencia que hasta consigue humanizar la mampara. Pareciera como si la hubieras tenido desde siempre. ¡Por fin están abiertas las puertas que conducen a tu Divino talón! Ya podemos de nuevo, después de posar nuestros temblorosos labios en él, contemplar tu hermoso y rotundo perfil barroco. Subimos a tu camarote buscando el consuelo como Patrón del barco de nuestras vidas, y bajamos, despacio y rehechos, hacia las arenas de la playa de tu Columbario. En Ti anidan Alfa y Omega. Orto y Ocaso. Sombra y luz. Principio y fin de la existencia sevillana. Tus plantas fueron regadas, por los siglos, con las lágrimas que dimanan de las plegarias sevillanas. Siempre has estado -y estas- Omnipresente. En devoto Besamanos. Paseando tu dolor misericordioso por las calles sevillanas, notando bajo tus pies el rachear de las alpargatas de tus costaleros. Verte cruzar la Plaza de Molviedro es la mayor conjunción posible entre Dios y Sevilla. Hay momentos que tumban por si solos todos los planteamientos teóricos de la Teología. En tu Paso, arriado en la Basílica, después de dejarle el relevo de la Madrugá sevillana a la Esperanza. En el Convento de Santa Rosalía diciéndole, una vez más, al Arte Barroco quien manda aquí. En el solitario y permanente soliloquio que cada sevillano/a proyecta hacia tu misericordia. Hoy, no podía ser de otra forma, te adentras en el Siglo XXI rodeado de sus artilugios de seguridad. Tú no eres antiguo ni moderno: Tú eres Eterno. Tenemos la obligación, hazte cargo y no te enfades, de velar por Ti, como un pequeño tributo a los siglos que Tú lo llevas haciéndolo por nosotros. Pretendemos que los nietos de nuestros nietos te sigan venerando y confiando en tu Divina Providencia.
Nosotros te ponemos una mampara, y Tú, desde siempre, nos proteges a nosotros con la que emana de la Fe. Tu Mampara era artificial hasta que cruzó el umbral de tu Basílica y Tú estuviste dentro de ella. Desde entonces ya es divina, y conocida en toda la Ciudad como: la Mampara del Señor.
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