domingo, 13 de noviembre de 2011

La complejidad de lo cotidiano



Curiosamente lo complejo y lo cotidiano se hermanan con una pertinaz frecuencia tanto en el fondo como en la forma. En teoría no debía ser así pero Dios inventó la práctica para desmitificar los conceptos teóricos. Cuando los arquitectos enrollan los planos los albañiles cogen los palaustres. Los aspectos cotidianos debían estar desprovistos del ropaje –encorsetado ropaje- de la complejidad. La cotidianidad debía estar implícita en el quehacer de cada día. El trabajo, los estudios, la familia, los amigos, los vecinos, los compañeros, los/as amantes y las aficiones. Los demás complementos que acompañan al ser humano deben –o debían- ser accidentales (complejos). Nacer, crecer (por fuera y sobre todo por dentro), sufrir, gozar, amar, crear, enfermar o morir forman parte de lo imprevisto y, en estos avatares, se pondrá a prueba nuestra capacidad real como seres humanos. Todo queda siempre relativizado por la ecuación espacio-tiempo. Donde se vive lleva implícito necesariamente el como se vive. Una madre europea de situación social desahogada puede tener como principal problema que su niño pone mucho peso últimamente. Una madre africana el comprobar amargamente como el suyo se le muere en los brazos victima de la terrible hambruna. ¿Podemos decir que, en función de sus contextos, sus vidas no son cotidianas? Los habitantes del Caribe conviven sin despeinarse con tormentas, maremotos y tifones. Los japoneses con constantes temblores de tierra que convierten la Escala Richter en una Sinfonía. Todo, por pura lógica, está dentro de la “cotidianidad” de la vida de estos pueblos. Una de las mayores obsesiones que tenía el franquismo era convencer a la gente que no se metiera en política. No nos equivoquemos: de aquello barros vienen estos lodos. Hoy lo políticos enmascarados en una versión de “Zorros democráticos” pretenden lo mismo. Craso error, pues al final hemos conseguido que sea la política quien se meta con nosotros y consiga alterar gravemente nuestra cotidianidad. La política está inmersa en todos los ordenes de la vida, y ya vemos los que no está pasando por creernos aquello de: “yo de política no entiendo ni quiero entender”. Hay casos de alteración de la cotidianidad verdaderamente interesantes de analizar. En los países nórdicos gozan de unos parámetros sociales y económicos muy altos y difícilmente alcanzables para otros pueblos. Pero, curiosamente, están presos por el aburrimiento de lo cotidiano y, esto determina, que las consultas de los Psiquiatras estén siempre abarrotadas y dándose un alto porcentaje de casos de suicidios (lamentablemente un “majareta” en Noruega les ha robado de forma cruel y criminal –esperemos que de forma temporal- su equilibrada manera de aburrirse). La contrapartida estaría en el Sahara con un subdesarrollo ancestral y con escasísimos recursos y, cosa lógica por cierto, prefieren antes que antidepresivos galletas de chocolate de Fontaneda. Podemos por tanto asumir la complejidad de lo cotidiano. Las circunstancias políticas, sociales o personales como determinantes del auténtico valor de nuestra vida cotidiana. No hay más ni tampoco menos. Todo está relativizado y condicionado por una serie de factores –actuales- que haríamos mal en no tratar de alterar. No disponemos de más vida que la que nuestro tiempo nos ofrece y, debemos luchar denodadamente contra aquellos que pretenden que solo seamos meros espectadores. Vale que al mal tiempo buena cara, pero sin obviar que tampoco estaría de más –de vez en cuando- sacar a la dignidad de paseo aunque caigan “chuzos de punta”.

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