Mi relación con el Señor de Pasión abarca ya la friolera cifra de setenta años. Era un niño de no más de doce años de edad cuando descubrí por primera vez su portentosa figura. Mi tía-abuela Concepción Fernández del Toro, la Maestra bordadora sevillana, tenia instalado su taller en los aledaños de la Capilla del Cristo del Amor. Dada mis innegables habilidades para los mandados, iba con frecuencia de niño a la Iglesia del Salvador para llevarle y traerle encargos. Allí, antes de marcharme de vuelta, me gustaba pasarme por la Capilla de Pasión y sentarme un rato para verlo de cerca.
Luego el tiempo me fue alejando o acercando de Pasión según las circunstancias de las distintas etapas de mi existencia. Eso sí, nunca dejé de ir a verlo pues entendía que aquellas visitas siempre me suponían un bálsamo donde se mezclaban la templanza y la fortaleza. Este Nazareno, obra cumbre de Juan Martínez Montañés, se nos aparece nimbado con una aureola de pura sevillanía. Pasión apasiona desde la reflexión ante la inminencia de la muerte. Quienes solo sean capaces de ver a Pasión con los ojos del cuerpo siempre verán una portentosa maravilla de la imaginería. Lo que nunca podrán apreciar es su verdadera dimensión. Son los ojos del alma quienes de verdad nos descubren el verdadero sentido de la imagen de Pasión. Algunos han querido ver en su rostro un halo de conformidad y mansedumbre. Nada más lejos de la realidad que proyecta sobre nosotros la figura de Pasión. Es el hallazgo certero e inminente de un camino que lo llevará inevitablemente hasta la muerte más tremenda y cruel. Su figura es tan real y humana que hasta el mismísimo Martínez Montañés dudaba que aquella obra hubiera salido de su gubia. Es el fiel reflejo de una Sevilla profunda y espiritual que limpia de espinas las rosas para que los niños no se puedan cortar al tocarlas. Ver a Pasión en la calle es un firme reencuentro con la verdad de una Ciudad que fue diseñada por el Sumo Hacedor para la templanza (lo que hemos hecho con Ella ya es otra cuestión). Un supremo ejercicio de introspección espiritual donde la vida (la claridad) libra su particular batalla contra la muerte (la oscuridad). Cuando, el Jueves Santo por la tarde, el Señor de Pasión baja la rampa del Salvador la noche ya sabe a quien tiene que rendirle pleitesía. Ver a Pasión en su lento pero seguro deambular por las calles de la Ciudad es un canto a la excelencia más profunda y verdadera. Avanza en su majestuoso paso de plata por la calle Francos de vuelta a su casa. Viene cansado y buscando atracar de nuevo en el puerto de su Capilla. Vuelve (Pasión siempre vuelve) y nosotros hacemos relevos generacionales para que nunca camine solo.
La música de Bach siempre le sentó como un guante y el goteo de cera de sus nazarenos de ruan marcan el tintineo de las campanillas de la Sevilla oculta y profunda de los Conventos. Lleva en sus pies la esencia del caminar verdadero por los eternos caminos del Dios Padre. A Pasión más que rezarle hay que mirarlo a la cara. Es la oración desnuda y profunda carente de artificios con los ojos vidriosos rendidos ante su divino rostro. La templanza y la serenidad ante la inminente tragedia. Dios hecho Hombre para que pueda beber en la Fuente amarga de la existencia humana. Pasión de Cristo confórtanos.