martes, 3 de febrero de 2026

Lo que el viento nos dejó


Sigue de manera pertinaz este ciclo inacabable de fuertes lluvias y grandes ventoleras. Ayer lunes la Ciudad amaneció con un tiempo furioso que ya tenia sus antecedentes en una madrugada donde las fuerzas de la Naturaleza no dieron ninguna tregua. Se nos avisó por parte de nuestras Autoridades Locales que ese día permanecerían cerrados los parques públicos, los polideportivos y hasta el Cementerio (en tiempos tan borrascosos ni la muerte suele ser respetada). Sinceramente, la semana que no la empiezo con una visita a San Nicolás me parece una semana frustrada. Además se daba la circunstancia de que este lunes era muy especial pues celebrábamos el Día de la Candelaria. Faltar ese día a esa cita tan sentimental con la Reina de la Judería sevillana se me antojaba como algo difícil de encajar. Poder verla cara a cara cada 2 de Febrero es como reencontrarme cada año con mis ancestros más queridos y añorados. Son costumbres heredadas de nuestros mayores que en definitiva tratan de recuperar sentimentalmente a quienes ya no están con nosotros. Manías fetichistas para algunos y costumbres tradicionales para otros. No solo de Inteligencia Artificial (IA) y Algoritmo viven los seres humanos. Para los creyentes las imágenes tienen un poder sanador que nos retrotraen sentimentalmente al ayer y nos reconforta contra las, a veces, circunstancias adversas del presente. Rezamos por los ausentes y pedimos por los presentes. Nuestros rezos tamizados de azul-celeste.
Afortunadamente la mañana fue clareando poco a poco y la borrasca (¿Por cierto quién o quienes le ponen nombres a las borrascas? ¿Existe en Meteorología un bautizador de borrascas?) se fue alejando en busca de otros territorios donde poder seguir imponiendo su brutal fuerza anclada en la ira de los dioses páganos. Salir de mi enclave particular no fue nada fácil pues el bus tuvo que ir sorteando los restos del naufragio. Arboles partidos por la mitad; señales de trafico dobladas; restos de toldos y persianas rodando por los suelos y caravanas de coches atrapados en un largo atasco. Todo bajo las incesantes sirenas de bomberos y policía municipal. Un caos circulatorio que se fue despejando como quien se despierta de un mal sueño. Al final pude llegar a la tierra prometida que en mi caso siempre sienta sus reales aposentos en la llamada Iglesia de San Nicolás de Bari. Allí donde atienden y consuelan el Señor de la Salud y la Virgen de la Candelaria.
 Superados los escollos de los tiempos meteorológicos pude formar la piña candelaria de cada lunes con Ignacio, Fali y la aparición por sorpresa del Cuqui (antiguo vecino de la calle Lirios). Candelarios con muchas décadas de militancia en las espaldas y con lo corazones ya algo cansados pero sabiendo con certeza que hasta nuestro último palpito nuestra Ítaca sentimental siempre estará en San Nicolás. Un día, esperemos que todavía lejano, ya la Plaza de la Alfalfa notará la ausencia de nuestras pisadas y reverdecerá nuestras risas de niños felices por entre las jaulas de los pájaros del Mercadillo dominical. Otros vendrán para tomar el relevo de nuestros sentires más profundos. Comprenderán lo que el aire se llevó como también lo que el viento nos dejó. Aire y viento; viento y aire mientras navegamos siempre firmes e ilusionados por los mares de Dios. La Fe mueve montañas y también supera borrascas. El ruido y la furia o la furia del ruido.

viernes, 30 de enero de 2026

La caída de las ramas



Los caminos del señor son inescrutables y los de la Naturaleza son imprevisibles. Esta semana el tiempo meteorológico nos ha mostrado su cara más rotunda. Viento huracanado y lluvias torrenciales han conseguido alterar seriamente nuestra forma de vida y también nuestra manera de encarar la cotidianidad de los días. Evidentemente los que están activos laboralmente y los que están en periodo escolar fueron los que peor tuvieron que sobrellevar este tiempo infernal. Se tuvieron que enfrentar a las inclemencias de un tiempo que estaba pidiendo a voces una reclusión hogareña. Las obligaciones mandan sobre todas las cosas. Por el contrario los que ya hemos aparcado definitivamente la vida laboral tuvimos la ocasión de podernos refugiar en una especie de mini-confinamiento. Salir a la calle se nos antojaba como una operación de alto riesgo. Con el fuerte viento las ramas de los árboles se bamboleaban peligrosamente propiciando un grave aterrizaje sobre los cuerpos de los viandantes. Mis dos hijas por separado se pusieron de acuerdo con un razonable consejo: “Papá no salgas que hay mucho peligro con la caída de las ramas. Mejor quédate en casa”. Dicho y hecho. Una reclusión voluntaria más que una reclusión es una razonable decisión acorde con las circunstancias meteorológicas. Ser proclive a los buenos consejos nunca está de más.
El pasado miércoles mi calle amaneció alfombrada de naranjas y de ramas de todos los tamaños posibles. Era la resaca de la tormenta del martes y el preámbulo de lo que todavía se nos venia encima. Resultaba conveniente ampliar unas horas esta especie de confinamiento. Sinceramente recluirme unos días con mis recuerdos y mis grandes aficiones no me supone un menoscabo importante. Con algo de paciencia y sabiendo en tiempo real que tus hijas, tus nietos y los pocos y grandes amigos que te quedan están bien la espera hacia la libertad callejera podía espera un poco más.

 Reflexionaba sobre las ramas de mi calle y el tiempo que tardarían en retirarlas (esta vez la recogida, junto con las naranjas, fue rápida y eficaz). Una rama por los suelos es un síntoma de derrota ecológica. La empuja el viento hasta desgarrarla del árbol con la inestimable ayuda de la falta de mantenimiento del arbolado. Los arboles urbanos enferman debido a dos factores fundamentales: la contaminación ambiental y la más que evidente falta de cuidados y conservación. En Sevilla, si el Ayuntamientos presente o venidero no lo remedia, los árboles serán solo un ejemplo de una propuesta urbana fallida que se nutre de lo superficial y banal en detrimento de la unión entre la funcional y lo bello. Las ramas se bambolean entre pájaros mudos; ruido de motores y el murmullo de las voces que nunca dicen nada. Sus hojas se caen (o al menos debían caerse) por los suelos en las tardes otoñales donde los tonos grises y ocres de los cielos le dan a la Ciudad una de sus formas de mayor belleza expresiva. Cuando al andar pisas las hojas puedes notar el crujir del tiempo bajo las suelas de tus zapatos. Las ramas son la parte más visible de los arboles aunque es en sus raíces donde se sustenta la verdadera fortaleza del árbol. Cuando mi abuela nos hacia su delicioso arroz con leche siempre lo remataba con un poquito de canela en rama. Aquello era probar un trozo de cielo sevillano. Un canto a la nostalgia de los sabores perdidos del paraíso de la infancia.
Rama en los arboles; rama en los añorados postres de la infancia y rama en una manzanilla sanluqueña de olores a barcas y sabores a los mediodías de Bajo de Guía. Las ramas que se derraman por las calles de la Ciudad empujada por la fuerza de los vientos.
La vida, encerrada en un mar de pasiones donde merodean las luces y las sombras, pidiéndole a Dios que si alguna vez naufraga nuestra barca tengamos a mano una rama donde poder agarrarnos. Una rama que nos eleve del suelo y nos lleve en volandas por los callejones secretos de la Ciudad. Una rama de algún árbol centenario de la Plaza del Museo que se tensa cada mañana para poder ver más de cerca la Inmaculada de Murillo.

lunes, 26 de enero de 2026

Entre el llanto, la solidaridad y el espectáculo


Reconozco que no soy persona de lágrima fácil o puede que sea verdad que hay quienes lloran hacia dentro y también los que lloran hacia fuera. Lo que ocurre es que con el paso de los años y ante sucesos tan trágicos como el accidente de los trenes en Adamuz es inevitable que las lágrimas se asomen al balcón de tus ojos. Esta es una trágica historia compuesta por muchas historias personales y/o familiares. 45 personas fallecidas de una manera terrible y donde lo irracional se apodera de cuerpos y almas. Debemos añadir por cercanía sentimental sevillana a Fernando Huerta. Este sevillano de 27 años de edad era socio del Sevilla; componente de la Peña sevillista Triana; hermano de la Macarena y vecino de la Barriada de Pino Montano. Se tropezó con la muerte mientras realizaba practicas de maquinista por entre los railes catalanes. Absolutamente emotivo y ejemplar el homenaje que se le rindió el pasado sábado en el Campo del Sevilla en los preámbulos del Sevilla - Athletic de Bilbao. Emocionante ejemplo de solidaridad el abrazo grupal entre sus compañeros y amigos. Estas cosas en tiempos donde predominan tantos miserables de dudosa catadura moral nos reivindican con nosotros mismos y nos abren una luz a la Esperanza. La fuerza de la solidaridad como antídoto contra el desconsuelo.
Estos luctuosos acontecimientos siempre sacan a relucir lo mejor y lo peor que anidan en los seres humanos. Es inevitable que aparezcan algunos políticos miserables que siempre actúan y funcionan en clave de rédito electoral. También aparecerán otros (desgraciadamente los menos) que anteponen a sus intereses políticos las necesidades perentorias de los ciudadanos. En estos casos es completamente necesario y además imprescindible actuar de manera coordinada entre Administraciones. Representa la única forma de intentar solucionar problemas de tan enorme gravedad. Saber orillar el actual lodazal de barro en que han convertido la política muchos de los que siempre dicen representarnos. Como andaluces debemos sentirnos orgullosos de como se han comportado los políticos de nuestra tierra (salvo los “dinamiteros” de siempre) ante una situación de tan trágicas consecuencias. Cuanto dure esta tregua de racionalidad y sentido común ya será una duda que el tiempo se encargará de despejar. De manera pertinaz la experiencia nos dice que al final todo y todos vuelven al redil de las consignas inducidas desde las alturas. El que no obedece no prospera y el que se mueve no sale en la foto. El eco en la política de los estómagos agradecidos. Tiempo al tiempo.
La parte noble de este luctuoso y desgarrador suceso lo ha dado como siempre la gente común y corriente. Esto, al que con demasiada ligereza, suelen llamar el pueblo llano. Precisamente ha sido un pueblo cordobés llamado Adamuz quien ha dado un ejemplo rotundo de solidaridad y sacrificio en aras de prestar su valiosísima ayuda en las primeros momentos de la tragedia (los peores sin duda). Allí estaban los vecinos sacando personas heridas de los trenes sin importarles poner en riesgo sus propias vidas. Encomiable un comportamiento tan solidario donde los seres humanos se reivindican ante tanta miseria como la que nos rodea. Buen gesto ha sido el promovido desde el Ayuntamiento de Huelva para hermanar la Ciudad de los Fandangos con este pequeño y hermoso pueblo cordobés. Se avanza a través de la confraternidad y nunca confrontando.
Una parte de los medios de “incomunicación” (son más de los que pensamos) nunca se van a reprimir. Convierten la tragedia en espectáculo y así poder rentabilizar los índices de audiencia televisivas o el número de oyentes o lectores. Todo se filtra a través del “Circo mediático” y se sobredimensionan y distorsionan las distintas historias personales de tan terrible suceso. Saben que esto se irá evaporando en los próximos días y tratan de sacar el mayor rédito social, político y, sobre todo, comercial. El tiempo apremia y los negocios no pueden esperar.
Dentro de las múltiples historias personales que conlleva una tragedia de estas dimensiones existe una que ha puesto a España y al mundo con el corazón en un puño. Es la historia de Cristina, una niña de 6 años de edad y residente en el pueblo onubense de Aljaraque. La Guardia Civil la encontró sola y descalza caminando por las vías del tren. Acababa de perder en la tragedia a sus padres, su hermano y un primo. Salió del tren, o lo que es lo mismo salió de la muerte, para encontrarse con la vida que la llamaba desde el exterior. A ella no le tocaba ese fatídico día abandonar el reino de los mortales. Esta niña representa mejor que nadie el alcance de esta tremenda tragedia. Con el paso de los años siempre será recordada como “La niña del tren”. La misma que nos puso a todos los andaluces de bien el alma atrapada en el laberinto de la pena. Nunca estará sola pues la Madre Andalucía nunca la dejará en los fríos brazos de la orfandad.
Ahora toca lo que lo toca. Desarrollar y concluir con toda pulcritud y total perseverancia las investigaciones pertinentes. Que se sepa que ocurrió para desencadenar una tragedia de estas magnitudes. No vale con decir que todo se ha hecho bien y que se habían practicado con anterioridad todos los protocolos y revisiones pertinentes. Esto no se resuelve con que hubiera un trozo de vía rota. Algo falló y algunos fallaron en sus bien remunerados cargos. No se trata de señalar a nadie antes de disponer de los resultados definitivos de las investigaciones (si esto al final llega a producirse). Se trata de dejar claro que los beneficios y la usura desmedida se están llevando por delante todos los servicios públicos. Las privatizaciones campan a sus anchas por todas las esferas de la Sociedad donde todo queda contextualizado en clave de ganancias. Lo que ha ocurrido es de una extrema gravedad. Han muerto en condiciones dramáticas 45 personas y a otras cientos de ellas ya les habrá cambiado la vida para siempre. Depurar las responsabilidades políticas y civiles que procedan es lo menos que se merecen quienes han perdido la vida. Hagamos oídos sordos a los extremistas que siempre buscan cualquier ocasión para verter su odio infinito. Usemos la sensatez y la cordura o, dentro de poco, este país volverá a oler a pólvora. Ya va siendo hora de que en la película de la vida ganen alguna vez los buenos. Otra cosa es si sabemos todavía quienes son los buenos. Ya todo gira en torno al llanto, la solidaridad y el espectáculo.