martes, 17 de febrero de 2026

El humo que embriaga los sentidos



Sevilla no se podría entender sin entrar en un análisis pormenorizado y personal de algunos y algunas de los que están encuadrados en lo que conocemos como “el padrón municipal”. Este registro administrativo tiene dos funciones primordiales. La primera es dejar constancia fehaciente de que todavía existimos y la segunda es saber en que enclave urbano concreto desarrollamos esa existencia. Aunque lo verdaderamente importante no es donde vivimos sino como vivimos. Afortunadamente la vida es algo más que meras cuestiones administrativas. La singularidad del individuo frente al ambiguo concepto de grupo escapa -o al menos lo intenta- del estrecho corsé de lo estrictamente administrativo. Las personas siempre por encima de los números. 
Suelo pasar con frecuencia por la calle Córdoba y siempre que voy sobrado de tiempo (lo que suele ocurrir muchas veces) me detengo un rato a charlar con Enrique (el del puestecillo del incienso). Desarrollamos una afición común que es el Flamenco y a ese tema le dedicamos la mayor parte de nuestra conversación. Con la ventaja añadida por su parte de que se cantiñea bastante bien. Los dos amamos este Arte parido y amamantado en Andalucía y no existe nada más placentero que la noble complicidad de las aficiones compartidas. Majaretas sevillanos enredados entre los cantes y los cantaores. Como por esta tierra casi todos los apodos se encuadran en una cierta lógica existencial a Enrique, en el Mundo del Flamenco, lo conocen como “el Niño del Humo”.   
Por su singularidad en este puesto de variados perfumes naturales se suelen detener algunos de los turistas que nos visitan. Preguntan de todo pero sin enterarse de nada. Enrique está convencido de que el turismo que llega a Sevilla lo componen una mitad de italianos y la otra mitad de franceses (algo de razón si que tiene). Es de los muchos sevillanos que están plenamente convencidos de que los foráneos no nos entienden fundamentalmente por que hablamos demasiado rápido. Creen al sevillano modo que la clave para que nos entiendan está en deletrear cada silaba con mucha lentitud y elevando el tono de la voz. Los “guiris” abren los ojos como platos viendo como Enrique se desgañita mientras va señalando uno por uno los distintos productos de su olorosa mercancía. Lo cierto es que muchos de ellos se terminan llevando algo de lo que de manera estentórea les ofrece Enrique. Que sepan lo que se llevan ya es otra cuestión. Lo cierto es que se van muy contentos con su compra. No es de extrañar que algún forastero-psicodélico creyera que aquello se trataba en realidad de un puesto de marihuana. Me lo imagino a su vuelta sentado tranquilamente en su sofá liándose un “porro” con granitos de incienso cofrade. En plena catarsis “porrera” sentirá en sus labios el sabor de la miel de las torrijas de La Campana. Notará sobre su hombro el peso penitente de una cruz. Le llegará a través de las ventanas de su salón un estruendoso soniquete de cornetas y tambores. En su tocadiscos le sonará una saeta de Manuel Centeno. Mirará extasiado hacia el techo y verá asombrado el bellísimo palio de la Virgen del Socorro. Un gorrión serratiano le llevará prendido en el pico un lacito celeste de La Candelaria. Se dormirá soñando con las bolas de cera de los niños y los garbanzos con bacalao de las abuelas. Al final si había logrado entender lo que le había vendido Enrique. Eran los eternos olores de la Semana Santa de Sevilla.

viernes, 13 de febrero de 2026

La singularidad en clave sevillana


Posiblemente Sevilla y Roma sean las dos ciudades del mundo donde lo singular cobra una importancia extraordinaria. No son mejores ni peores que otras ciudades son simplemente distintas. Son su gente los que las dotan de un universo afectivo donde las relaciones se producen en unos marcos incomparables. Pasear por Roma o por Sevilla del brazo de su riqueza histórica, artística y cultural es tocar el cielo con las manos. El arte no es solamente lo que se ve sino también lo que se vive y se siente. La gente, sus gentes, son los mejores portadores de una forma de vida donde el afecto (los afectos compartidos) se manifiesta enredado con el discurrir de los días. En Sevilla y en Roma la calle es el epicentro de todo cuanto ocurre y que verdaderamente merece la pena ser contado. La vida expresada de puertas afuera. El cielo como techo al que la noche cubre con un manto de estrellas. La vida expresada en un simple paseo mañanero. 
Decía el gran Silvio (y decía muy bien) que “Sevilla es España pero España no es Sevilla”. Esto no era una afirmación ombliguista sino más bien una constatación de que el universo sevillano encierra unas claves que lo hacen a la vez independiente y conectado con otras tierras lejanas. La idiosincrasia sevillana encierra tanta grandeza y tantas peculiaridades que se nos configura como un cosmo personalísimo. El mismo que se contextualiza artísticamente con el pincel de Velázquez, la gubia de Juan de Mesa y la cadencia sonora de Luis Cernuda. Somos orgullosos andaluces, españoles y europeos pero por encima de todo somos sevillanos. Nuestras virtudes y defectos siempre se nos manifiestan al sevillano modo. Aquí más que con acento andaluz hablamos con acento sevillano. Estamos orgullosos de pertenecer a una tribu que, por desgracia, cada día está más devaluada. Esto que pomposamente llaman “la globalización” terminará por llevarse por delante nuestras señas de identidad. Con la demolición de los “Corrales de vecinos”; la desaparición de las tabernas como centros neurálgicos de encuentros ; la masificación descontrolada del turismo y una falsa “modernización” la forma de vida sevillana ha ido derivando peligrosamente hacia lo insípido, lo cutre y lo banal . Nuestras nobles tradiciones cada día se enmarcan más dentro de lo insustancial y se orillan por la falta de escrúpulos comerciales entre el frikismo militante y la pertinaz banalización de espectáculos de masa. Hasta nuestros carteles de Fiestas Primaverales se han convertido en fuente de chanza y “carne de cañón” para los informativos nacionales. Las falsas polémicas instaladas en las cada vez más escasas reuniones de verdaderos amigos. Hemos perdido el sentido de la proporción de las cosas importantes y nos diluimos en debates interminables y cansinos sobre “el sexo de los ángeles”. Polemizamos sobre lo insustancial obviando lo que de verdad interesa. 
No se trata de añorar pasados paraísos que posiblemente no lo fueran tanto. Es simplemente tomar partido ante un cumulo de situaciones que cada día desnaturalizan más a esta Ciudad de nuestros amores y desvelos. Cuando el pasado se ignora por añejo y el futuro se obvia por imprevisible el presente no es más que un barco a la deriva. Cuando la política actual se ha convertido en un juego de trileros y el conformismo forma parte de nuestras vidas tan solo nos queda intentar remar contracorriente. 
 A través del Arte, la Cultura y las Tradiciones la Ciudad siempre nos muestra elementos de resistencia para poder comprender que esta tierra es el Reino de la Esperanza y también de la Libertad. Somos los hijos del agobio por sentirnos históricamente maltratados tanto por los de dentro como por los de fuera. Aquí lo bueno siempre está por llegar pero “el barco del arroz” nunca termina de anclar en los confines de la Torre del Oro. Tierra esta nuestra donde los figurones y los mercaderes siempre camparon a sus anchas. Vivimos entre la pena infinita de la calle Don Remondo y la alegría de la calle Feria un jueves de Mercadillo. Aquí los términos medios ni están ni se les espera. 

martes, 10 de febrero de 2026

Vivir leyendo o leer viviendo


Quienes escriben y tratan de darle sentido a su escritura lo hacen basándose en dos elementos fundamentales. A saber: lo que se lee y lo que se vive. Con el paso de los años acumulas experiencias existenciales y progresas intelectual y sensitivamente a través de lo que lees. Los momentos (buenos y malos) que has vivido y los libros que has leído ya forman parte indisoluble de tu equipaje sentimental. Existen tres elementos fundamentales que cierran este ciclo o que terminan de completar el circulo cultural y sentimental de la existencia humana. Lo representan el Cine, la Música y las Artes Plásticas. Aunque al final todas son ramas del árbol de la Literatura. Una película no deja de ser la resolución de un libro (guion) contada en imágenes. Una canción, un cante o una sinfonía son poemas sonoros que se fragmentan y se expresan a través del ritmo, el compás o la armonía. Un cuadro o una escultura son retazos literarios pintados o tallados con marchamo de suprema belleza estética y estática. Todo y todos enraizados a través de la siempre omnipresente Literatura. Los seres humanos más primitivos ya escribían signos o pintaban figuras en las paredes de las cuevas donde moraban. 
Los niños de mi generación nos iniciamos en la lectura a edades muy tempranas. Con nueve o diez años de edad ya nos hacíamos de tebeos que nos hacían soñar despiertos y nos llenaba el alma de ilusiones compartidas. Allí estaban el Capitán Trueno, el Jabato, el Guerrero del Antifaz, Purk el Hombre de Piedra o Roberto Alcázar y Pedrín. Luego estaban los magníficos tebeos de Hazañas Bélicas que debido a su alto precio se nos hacían más inalcanzables. Héroes potentes, indesmayables y virtuosos que nos ayudaban a poder sobrellevar la dureza de aquellos años donde para algunos simplemente comer era una diaria “aventura”. Todos con el paso de los años comprendimos en toda su intensidad el poder sanador de la lectura. Quien lee vive su vida y las que les cuentan los autores. 
Los libros, las películas y las canciones son parte indisoluble de esto que llaman el ejercicio de vivir. Ese libro que te atrapaba desde sus primeras páginas y que aprovechabas cualquier momento del día para avanzar en sus mágicas hojas. Esa película que a lo largo de tu vida has visto muchas veces y que el paso de los años no ha conseguido mermar su carga emocional. Esa canción primera que en una noche de verano en una azotea con bombillas de colores y tinajas con sangría te hizo notar el pellizco de los primeros amores. La vida enredada entre las sensaciones y las ilusiones.
Los dictadores del ayer, del hoy y del mañana siempre han tenido y tienen como primera misión represiva atacar al para ellos peligroso mundo de la palabra escrita. Escritores, poetas, cineastas, músicos y pintores son reprimidos pues representan la libertad de la cultura frente al yugo dictatorial de la ignorancia programada. Hacen piras llameantes para quemar los libros que a ellos no les interesa que puedan ser leídos. ¿Alguien se imagina “al del rotulador negro” leyendo una mañana de verano a Walt Whitman¿ ¿Es posible imaginar al actual “zar ruso” (el que monta a caballo con el torso desnudo) absorto con la lectura de una obra de Fedor Dostoievski? Son tiempos difíciles, muy difíciles, estos que nos han tocado en “suerte”. Que encima no nos hurten nuestra noble condición de apasionados lectores. Vivir leyendo o leer viviendo. Allá cada cual.