Recuerdo que el principal ensamblaje de mi futura personalidad lo configuraron los ejemplos y los consejos de mis padres y abuelos. Para los que tuvimos hermanos mayores sabemos el importante papel que ellos jugaron en nuestro andamiaje de personas en construcción. Eran los más cercanos a nosotros y sabíamos que siempre podíamos confiar con su discreción y su indesmayable lealtad. Sabían soslayar la rigurosidad de los padres y la noble complicidad de los abuelos. Después, algunos queridos profesores que trataron de modularnos contra viento y marea. Luego, con el paso de los años, la vida con sus luces y sombras nos fue horneando a fuego lento. Recuerdo que en un uso arbitrario del libre albedrío unos le dábamos de comer a los pájaros y otros les disparaban con escopetas de perdigones. Lo importante, lo verdaderamente importante, era disponer de una entramado sentimental donde poder refugiarse cuando arreciaran las tormentas. Sin pretensiones de falso cultureta reconozco que las tres grandes aficiones que conservo desde muy joven (la Literatura, el Cine y la Música) me han resultado el complemento perfecto para que mi personalidad se haya desarrollado en armonía y sin grandes sobresaltos.
Ahora son mis hijas (pronto lo harán mis nietos) las que han tomado el relevo de mi siempre inacabada educación. Me arroparon e ilustraron para que no fuera un analfabeto tecnológico y supiera moverme con cierta soltura por los difíciles campos de las nuevas tecnologías. En lo albores de ese aprendizaje también jugó un papel fundamental Fran Silva (antiguo Capìller de Pasión) abriéndome las puertas a la comprensión de un mundo que cada vez entendía que se me podía hacer más necesario. De hecho el confinamiento de la COVID lo cubrí con un móvil que me regaló pues el mío ya estaba algo obsoleto. Nunca me interesaron las RRSS y siempre procuro que estos artilugios estén a mi disposición y no yo a la de ellos. Ordenador, Tablet y Móvil se me configuran como el Triangulo de las Bermudas que me facilitan la vida y la comprensión de las cosas que me rodean. Hago un uso moderado y racional para no sucumbir en la batalla.
Mis hijas me gestionaron la instalación de distintas plataformas de series y películas, con el añadido de toda una gama de partidos de fútbol (cosa que agradezco infinito dada mi condición de gran futbolero). Eso si, casi sin darme cuenta, entré en el difuso terreno del consumismo compulsivo de imágenes (no confundir con cinéfilo). Existe un bombardeo permanente en tu móvil con las novedades de series y películas que casi no te da tiempo a gestionarlas. Si has terminado una película o una serie a renglón seguido te preguntan si te han gustado y, caso afirmativo, te proponen un número de series o películas que seguro te van a gustar. Te llevas todo el santo día borrando mensajes del móvil. Lo verdaderamente importante es tenerte todo el día pegado al televisor. Incluso te proponen maratones donde puedas ver del tirón los diez capítulos de una serie. El enganche (la adición) como fórmula comercial para que no te pierdan como cliente. Se invierte el orden natural de las cosas: pasas de ser tú quien elige a que sean otros los que elijan por ti . Pocas dudas tengo de que el Cine donde más se disfruta es en las salas pero ya las circunstancias te van arrinconando en los brazos del Cine domestico.
Es aconsejable que después de la visión de una buena película o la lectura de un buen libro nos marquemos un tiempo de asimilación antes de empezar a ver o leer nuevas propuestas. La pausa, la necesaria pausa, que nos resulta imprescindible en cualquier faceta de la vida. Dado que ya existen Días para casi todo se debía instaurar el “Día Internacional de la Reflexión”. Pensar hoy se nos muestra como una tarea imposible.
Escuchar en una larga noche de insomnio a Fran Sinatra o a Miles Davis. Leer una tarde otoñal mientras la lluvia repiquetea en los cristales a Joseph Conrad. Escuchar por tangos a Camarón una tarde de primavera. Ver con placer en la sobremesa “Siete novias para siete hermanos” de Stanley Donen. Empaparse antes de irse a la cama de la celestial música de Mozart, Bach o Beethoven Placeres que no hacen más que defender nuestra personalidad ante el permanente secuestro a la que está sometida.