Ayer falleció Alfredo Sánchez Monteseirín. El Alcalde más longevo que ha tenido la Ciudad de Sevilla (1999-2011). Reconozco que tenía ciertas dudas sobre si procedía escribir sobre su persona. Resultaría contradictorio que un Blog que tiene como especial predicamento a la Ciudad de Sevilla ignorase el fallecimiento de, posiblemente, su mejor Alcalde. Lo que me resultaba falso y cansino era unirme al coro de falsos aduladores que aparecerían por doquier de todas las formas posibles. No pocos de ellos son los mismos que durante su mandato municipal lo atacaron sin piedad por tierra, mar y aire. La sempiterna teoría de lo bien que entierra Sevilla a sus hijos más ilustres. Alfredo Sánchez Monteseirín tenía 69 años de edad y era medico de profesión. Un político socialista visionario que supo, contra viento y marea, dotar a la Ciudad de unas herramientas urbanísticas que la meterían de lleno en el siglo XXI. El Metrocentro, el carril bici, las necesarias y demandadas peatonalizaciones, la reorganización de la Alameda, las Setas de la Encarnación o la Torre Pelli fueron algunos de sus logros más relevantes. Siempre tuvo como principal obsesión el convertir a Sevilla en “la Ciudad de las Personas”.
Fueron numerosos los permanentes conflictos que tuvo con los empleados municipales (en más de una ocasión le hicieron escraches en la puerta de su casa en Triana). Todas sus medidas fueron duramente cuestionadas por las fuerzas más reaccionarias de la Ciudad. Tuvo que gobernar en continuas alianzas. Primero con el apoyo del Partido Andalucista y después en coalición con Izquierda Unida (en versión Antonio Rodrigo Torrijos). Supo lidiar con todas las situaciones que se le presentaron y siempre sin perder su media sonrisa y su aspecto de bonachón sevillano. Hombre austero, poco dado a la jarana, de espíritu machadiano y parco en palabras inútiles. Lo traté personalmente en algunas ocasiones (Comisión Pro-Monumento a Manuel Vallejo) y reconozco que, por tirios o troyanos, aquello nunca llegó a buen puerto. Esto no es óbice para recordarlo con afecto y con la gran consideración que me merece su labor al frente del Ayuntamiento. La gente siempre lo conocía como “el Monteserín” (comiéndose la penúltima i). Se fue por la Puerta Grande del Ayuntamiento. Sin llevar escándalos en su mochila ni tampoco algún atisbo de corrupción (cosa difícil en los tiempos que corren) y con su conciencia limpia y tranquila por el deber cumplido. Descanse en paz este oriundo de La Rinconada que pasó por la Alcaldía dejando el listón muy alto. Sevilla, la Ciudad que tanto le debe, le estará siempre eternamente agradecida. Es justo y necesario que así lo haga.