Siempre se me representa como una necesidad existencial recorrer cada lunes el camino que me lleva a San Nicolás de Bari y, por ende, también al encuentro de las imágenes que configuraron el tronco sentimental-espiritual de mi familia. Empezar el lunes tomando café apoyado en el mostrador exterior de la Confitería la Campana. Desde allí y levantando la vista se muestra omnipresente el escudo del Betis. El mismo que nos recuerda que en 1935 fuimos Campeones de Liga. Después avanzar con paso lento pero firme por Sierpes, Chicarreros, Álvarez Quintero, Chapineros, Pajaritos, Bamberg, Abades, Mármoles y Plaza de Ramón Ybarra. Allí ya se nos aparece, siempre misteriosa y melancólica, la puerta trasera de San Nicolás. Abierta de par de par desprende un olor característico donde se mezclan con el paso del tiempo las Casas Señoriales y los Corrales de Vecino. Olor a trasiegos de antigua Judería y a dulces celestiales de convento. Puede que la Iglesia de San Nicolás sea la única del mundo donde hace calor hasta en Febrero. Antes de mostrar mis respetos a las imágenes de mi vida me gusta pararme un momento en la pila bautismal donde nos bautizaron a los tres descendientes de la Familia Franco-Pelayo (me produce una cierta desazón que hoy este mágico sitio esté acondicionado como un trastero). Allí empezó todo y allí también acabará. Los vaivenes de la vida y sus circunstancias acompasados por entre los bancos de San Nicolás.
Después en la capilla me agarro con fuerza a alguno de los barrotes dorados para pedir salud y bienestar para mi gente y a mí (virgencita) que de momento me deje como estoy. En la parte derecha (vista desde fuera) se encuentra el Cristo del Subterráneo (también llamado de la Sangre) antiquísimo ejemplo espiritual y profundo de las más remotas advocaciones. Posiblemente estemos ante el Cristo más antiguo de Andalucía (creo que sería conveniente situarlo en un sitio más visible y que estuviera cercano a los devotos). Tiempos tenebrosos aquellos con el chisporroteo de las hogueras y las espadas manchadas de sangre. Encima de este crucificado está situado un cuadro, obra de Juan de Espinal, datado sobre 1750 que representa a “San Carlos Borromeo dando la comunión a los apestados de Milán”. En la parte izquierda un cuadro con la Virgen de Guadalupe se nos muestra dotado de una gran belleza pictórica y con un alto contenido costumbrista-religioso. Su iconografía es única y de una gran fuerza cromática. Tras los barrotes dorados se encuentran el Señor de la Salud, la Virgen de la Candelaria y un San Juan que siempre nos da muestra de que quien tiene un buen amigo tiene un gran tesoro. Allí siempre se me acumula un universo de sensaciones difíciles de explicar que me hacen interiorizar de manera fidedigna lo que fui, lo que soy y lo que seré. El centro neurálgico de mi existencia . Conseguir que los ausentes nunca lo sean del todo.
Ya en el exterior la ultima parada la hago en el Bar Candelaria donde me esperan dos entrañables amigos candelarios. Fali e Ignacio se me representan como de lo mejorcito entre aquellos que suelen deambular por el mágico entorno de la Judería. Buena gente en clave machadiana que van sembrando las mejores semillas candelarias por entre los senderos y barbechos de la Vieja Híspalis. Soñadores sevillanos rememorando los paraísos de la infancia. Entre el murmullo conventual que une los rezos de maitines y el tintinear de las campanillas. Epicentro de la Judería sevillana siempre en duermevela.
Soñando con que los pájaros de la Plaza de la Alfalfa nos llevan en volandas hacia los confines aromáticos de los Jardines de Murillo. Candelarios errantes por los cambiantes caminos de la vida donde se confunden las rosas con las espinas. Niños del ayer que se resisten a soltar de sus manos las guitas de los trompos. Añorando las pelotas de trapo; las bolsas de caramelos de Mauri; las melojas de “La Gloria”; los “calentitos” de la Cabeza del Rey Don Pedro y los cartuchos de “pedacitos” de la Puerta de la Carne. El pasado y el presente unidos por una túnica blanca con aromas de Martes Santo. La panificadora “La Modelo” dejando en el aire un aroma de panes recién traídos de Alcalá de los Panaderos. Antiguos niños que se calzaban sandalias del Sanatorio de la Goma y que hoy ya saben : “Que es un soplo la vida / Que veinte años no es nada / Que febril la mirada / Errante en las sombras, te busca y te nombra” .
Vivimos siempre con la mirada puesta en el horizonte con la firme Esperanza de encontrarnos a Dios en la última playa. Un día ya solo seremos sombras que en las noches estrelladas de los días primaverales se proyectarán sobre las casas de la Calle Vírgenes. Los azulejos del Señor y la Virgen en la puerta de San Nicolás son fieles testigos de nuestra indesmayable Fe candelaria. También de nuestro permanente afán de rendirles pleitesía hasta nuestro último aliento. Intentamos ser mejores pero valga en nuestro descargo que algunos se empeñaron en no dejarnos serlo. No existe rueda sin palo ni tampoco día sin noche. Azul y plata es nuestro destino y hacia él caminamos contra viento y marea. Las lagrimas de cera que siempre dejamos derramadas por los adoquines de la calle San José. Pasa radiante la Virgen de la Candelaria por la Plaza de la Contratación y nosotros con cita notarial para firmar nuestro contrato vitalicio con Ella. El dardo de una saeta que por Santa María la Blanca nos atraviesa el alma y nos deja indefensos ante la nostalgia. Preparando el relevo que un día tomarán nuestros hijos.