Cuando callejeando te encuentras a un amigo o conocido inevitablemente siempre empiezas el saludo hablando de la salud. Le preguntas que tal está y ahí te encuentras dos variaciones en “Fa mayor”. Unos te dicen que se encuentran bien pero, eso si, sin entrar en detalles. Concisos y austeros como Dios manda. Cosa que es de agradecer. Los otros ya te sueltan todo su amplio repertorio clínico con todo lujo de datos. Comentan: “Bien, estoy bien. La semana que viene tengo que ir a San Lázaro a que me revisen el clavo que me pusieron en la rodilla. La semana pasada me han mandado una mascarilla para la apnea del sueño. Todavía tengo pendiente la cita para la operación de cataratas. Encima estoy a la espera de que me llamen para verme la próstata que me trae por la calle de la Amargura”. Esto sirve de epilogo para el prólogo que era: “Bien, estoy bien”. La cosa empeora cuando a continuación te dice: Oye, ¿tu te enteraste que se murió Manolo el fontanero? No, no lo sabia pero por si acaso es conveniente que no cierre la caja de herramientas por si allí arriba te sale alguna nueva ”gotera”. Al final cuando nos despedimos va y me dice : “Loco, loco estoy ya por poder sacarme mi Papeleta de Sitio”. Eso esta bien que cojo…, con goteras pero sin perder la ilusión y el optimismo. Nadie dijo nunca que el ejercicio de vivir fuera fácil. Los achaques nuestros de cada día. Solo se libran de los achaques los que se quedaron en el camino.
Luis es un vecino de mi calle y al que sin ningún tipo de reservas puedo considerar también un buen amigo. Oriundo de San Bernardo; antiguo tapicero de manos primorosas; sevillista de pro con alma nervionense y de los que siempre están dispuesto a alegrarte el día. Los dos tenemos en común haber nacido el mismo día y el mismo mes pero, eso si, con un año de diferencia a mi favor. Siempre saca a pasear a su perro dos veces al día, salvo en el confinamiento que tenía al pobre animal hasta los huevos de calle. Se hizo famoso un latiguillo en aquellas fechas por mi entorno y era que cuando un vecino o vecina descorría los visillos para ver el exterior decía: “Mira ahí va el Luis con el perro”. Lo cierto es que este año ha sido muy nefasto para su salud y gracias a los médicos y a las plegarias a su Cristo de la Salud y a su Virgen del Refugio (sus grandes devociones sevillanas) nadie ha tenido que lamentar que el perro se quede sin paseante.
Luis ya hace más de un mes que ha reanudado sus paseos dejando atrás un largo calvario de operaciones en su aparato digestivo (siete han sido las intervenciones quirúrgicas). Cuando le dieron de alta en el Hospital fui a verlo a su casa y allí estaba el bueno de Luis sentado en el sofá como un torero después de haber sufrido una grave cornada. Sinceramente, al preguntarle como estaba me dio una “masterclass” sobre el funcionamiento del aparato digestivo. Me explicó su proceso de restauración digestiva. El colon me dijo que se lo habían acortado. Procedieron a una nueva configuración del intestino grueso y el delgado sin saber ya a ciencia cierta cual era uno y cual era otro. El esófago se lo habían trasteado y más que transportar el bolo alimenticio desde la garganta hasta el estomago se lo mandaban por Amazon. Es como si le hubieran hackeado el aparato digestivo. Aquí lo importante no era que las cosas estuvieran fuera de su sitio sino que todo funcionara adecuadamente.
Todo esto me lo contaba con absoluta normalidad prescindiendo de cualquier atisbo de preocupación. Buen final igual a buen recorrido. Bien está lo que bien acaba y a otra cosa mariposa. La situación que se dio en casa de Luis aquel día se me representa como algo completamente surrealista. Me contaba las intervenciones con todo lujo de detalles riéndose a mandíbula batiente mientras que conseguía contagiarme con su risa. Su mujer (perdón, su pareja) se tronchaba en la cocina mientras nos preparaba café. Me dijo Luis: “Juanlu, cuando cuento esto no se si me estoy refiriendo a mi aparato digestivo o a la instalación de mi cuarto de baño”. Siempre he sido consciente de que estas cosas solo pasan en Sevilla. Darle un capotazo al toro de la tragedia para que pase de largo.
Lo verdaderamente importante es que Luis está bien y que ojala sean todavía algunos años más los que lo veamos paseando a su perro. Verlo cada mañana detrás de la correa es un signo inequívoco de absoluta normalidad callejera. Pasa Luis con su perro y la gente ya sabe que también está pasando la vida. Cuando te lo encuentras y lo saludas ya sabes que lo último que tienes que hacer es preguntarle por la salud. Tenemos que evitar que entre en detalles de un grave problema de salud que él ya tiene superado. Las pasó canutas y hoy es un superviviente que siempre sueña con pisar el Puente de su Barrio.