Vivir, esto que llaman el ejercicio de vivir, no es más que un permanente aprendizaje donde se juntan (algunas veces de manera anárquica) lo que lees, lo que ves y, sobre todo, lo que vives. La vida y sus circunstancias enredadas entre lo racional y lo irracional. La Filosofía y la Fe como herramientas que para algunos nos resultan imprescindibles. La mente y el alma sujetas con alfileres de palo a los cordeles de la existencia humana. La Ciencia nos hace avanzar enredados entre los datos empíricos que nos hacen surcar los senderos de la Tierra. La Filosofía es una herramienta (hoy en desuso y apartada de los planes de estudio) que nos hace pensar por nosotros mismos en un permanente estado de sitio donde las preguntas siempre van detrás de las respuestas. La Fe (¡¡ay la Fe!!) es un antídoto -si se quiere irracional- que nos ayuda a sostener el alma que habita en nosotros siempre con un permanente duermevela. Dudamos, como un ejemplo irrefutable de que seguimos estando vivos. Vivimos instalados en las mentiras que desde las altas esferas (políticas, sociales y culturales) nos programan para tenernos dóciles y narcotizados dentro de la manada de los mansos bueyes. Nos venden el entretenimiento como un apéndice de la Cultura cuando no es más que una herramienta de alienación ideológica. No solo no quieren ningún verso suelto sino que están dispuestos a eliminar el poemario completo. Se saben seguros arropados por sus mentiras corporativas y todo cuanto nos hagan siempre quedará diluido dentro de la más absoluta impunidad. El “Gran Hermano” no solo nos vigila de manera permanente sino que de manera sutil determina nuestra manera de pensar, sentir y actuar. Somos como gatos siempre buscando los perdidos cascabeles. Peces ahogándose en una pecera con el agua contaminada. Las notas de una canción que otros han escrito para nosotros.
Asistimos atónitos a este carrusel de corrupción (de todo signo político) donde el mañana siempre termina superando al presente. Nunca terminamos de entender que no se pueden clasificar “moralmente” a los corruptos en función de la proximidad o distancia ideológica que mantengan con nosotros. Los corruptos no conocen más moral que el pillaje y el saqueo de las arcas publicas. La pasta, todo por la pasta. Cada día asistimos atónitos y estupefactos a algunos veredictos y mandamientos judiciales. Los mismos siguen dejando claro que primero están los intereses de los verdugos por encima del de las víctimas. Negar la politización de la Justica y la judicialización de la Política es como negar que el agua quita la sed. Cuando lo justo y la legal caminan por sendas diferentes la Democracia pierde su esencia de Estado de Derecho. Asistimos impertérritos a un programado derrumbe de la necesaria convivencia en la que se sustenta un Sistema Democrático. La separación de poderes democráticos que ampara (o debía amparar) nuestra Constitución se encuentra en horas muy bajas. El civismo ni está ni se le espera y en la actualidad campa a sus anchas el insulto más soez y la descalificación más grosera, ruin y cobarde contra el adversario. Siempre con la mentira y el bulo como compañeros de viaje. Nos dejan sin opciones de elegir libremente con quienes queremos compartir nuestra vida social. Se nos eligen amigos y enemigos y nos dicen donde debemos situar los limites de nuestra frontera existencial. No les interesa comprender que lo importante no es lo que pensamos o lo que decimos; sino lo que hacemos.
La terrible experiencia que la Sociedad sevillana ha padecido con la trágica muerte de Sandra Peña nos ha puesto frente al espejo de las realidades sociales. Si algo te enseña la experiencia es que los monstruos son atemporales. La maldad no tiene fronteras y existen monstruos de 70 años de edad como también los hay de 16. Hay que proteger a los menores pero: ¿Quién nos protege a nosotros de algunos de ellos.?
Sandra Peña, esta pobre niña que estos días no se me va de mi mente, tenia 14 años de edad. Los mismos que mi nieta Lola cumplió hace unos días. A Sandra la acosaron de todas las formas posibles hasta llevarla al precipicio de la desesperación más absoluta. Decir que se quitó la vida es un eufemismo que tapa las vergüenzas de una Sociedad cobarde que siempre busca los atajos del “a mi que me registren”. Sus padres viendo la grave situación que estaba atravesando su hija fueron (hasta en dos ocasiones) al Colegio a mostrar su seria preocupación por el serio deterioro mental que mostraba. ¿Qué hicieron en el Colegio? ¿Se preocuparon de activar los protocolos antiacoso? El resultado fue que Sandra se quitó la vida y, posiblemente, también se la haya quitado a sus padres. Ahora toca eludir responsabilidades para que el paso del tiempo hago su trabajo de amnesia colectiva. La vida de esta familia ya nunca será la misma y ponernos en su lugar es lo mínimo que les debemos. Sandra Peña, nos deja sumidos en nuestras propias miserias de gente insolidaria que es incapaz de ver algo más allá de su ombligo.
Los padres denunciaron al Colegio por inacción y ya la Justicia ha emitido su veredicto. Se archiva la denuncia por no quedar demostrado que el Colegio no hiciera lo necesario para evitar el fatal y terrible desenlace. Dicen que hicieron lo que pudieron aunque, eso si, se reconoce que no se activaron los necesario protocolos antiacoso (¿para que sirven entonces estos cacareados y publicitados protocolos?) Otra cosa que ha llamado poderosamente la atención es la celeridad con que la Justicia resuelve algunas cuestiones judiciales y la tremenda lentitud con las que se acometen otras. ¿Existen dos varas de medir? Sinceramente no lo creo o al menos no debería creerlo. Es de esos tiempos extraños en que las aves migratorias vuelan por Portugal para no tener que volar sobre el suelo español. Y mientras, el gato sigue buscando su cascabel.