lunes, 6 de abril de 2026

Pasa la vida


Pasó, como pasa la vida misma, otra Semana Santa que se acumula con las muchas vividas. Dicen que cada Semana Santa es igual y también distinta a las demás. Siempre se producen algunas variantes en los contextos sociales de cada época y, evidentemente, también cambiamos nosotros. La gente de mi Generación se ha vuelto más adicta a las salidas mañaneras y salir por las tardes (no digamos por las noches) se nos representa como una misión imposible. Solo nos quedaría la posibilidad de abonarnos a una silla y, con todos los respetos, no sería capaz de ver el discurrir de las cofradías por las calles sentado en un determinado sitio. Solo nos queda el recurso televisivo que aunque es un sucedáneo de la calle cumple su función de tenernos emocionalmente activos. Te sitúas delante del televisor y ves pasar la vida sevillana intentando que la nostalgia no se apodere de las paredes de tu salón. Estás tranquilo pues sabes que tus hijas y sus respectivas parejas están educando a tus nietos en el respeto y el cariño a nuestras más nobles tradiciones. Viven la Semana Santa desde la enorme ilusión de sus pocos años y siempre atentos a las enseñanzas de sus mayores. Mi particular Semana Santa siempre discurrió (y seguirá discurriendo) por entre los aledaños de San Nicolás y la tierra prometida de la Plaza del Salvador. Ahí viven todo el año mis anhelos espirituales y mi sempiterna vocación de sevillano militante. Candelaria y Pasión; Pasión y Candelaria como los dos muelles donde siempre podré atracar mi barca.
Estos días cuando todavía no se haya apagado “la resaca de la cera” se harán sesudos análisis de las anomalías que se producen en nuestra Semana Santa y sus posibles soluciones para el futuro. Se volverá a hablar o escribir del serio problemas de las sillitas callejeras. Se comentará de nuevo el desmesurado número de nazarenos que procesionan por nuestra Ciudad (creciendo cada año). Se argumentarán los excesos de algunos capataces que nos recuerdan a “los discos dedicados de Radio Sevilla”. Saldrá a relucir “el tiempo en Campana” (el tiempo real es el de las emociones y no el de los relojes). Evidentemente tampoco se omitirá el mal comportamiento cívico de algunos elementos a los que cuesta llamar personas. Saldrá a relucir el tema de los veladores y los horarios de cierre de los bares. Se escribirá sobre el manido tema de “las costuras de la Semana Santa”. Evidentemente, todo quedará guardado en el inútil baúl de los recuerdos y hasta el año que viene si Dios quiere. Si algo caracterizó siempre a Sevilla fue su pertinaz insistencia en los debates estériles. Reconozco que carezco de elementos de juicio y de algunos conocimientos básicos como para proponer algunas posibles soluciones a estos problemas. Doctores tiene la Iglesia y que sean ellos quienes, si lo creen necesario, tomen las medidas oportunas. Lo importante es que a pesar de las grandes aglomeraciones y el estrecho marco urbano donde se desarrolla la Semana Santa los incidentes son mínimos y de escasa importancia. Aquí los únicos cañonazos que suenan suelen ser de “pescao frito”. Cuando nosotros ya no estemos otros tomarán el relevo para que nunca se pierda el transitar por esta senda sevillana. Pasa la vida.