lunes, 26 de enero de 2026

Entre el llanto, la solidaridad y el espectáculo


Reconozco que no soy persona de lágrima fácil o puede que sea verdad que hay quienes lloran hacia dentro y también los que lloran hacia fuera. Lo que ocurre es que con el paso de los años y ante sucesos tan trágicos como el accidente de los trenes en Adamuz es inevitable que las lágrimas se asomen al balcón de tus ojos. Esta es una trágica historia compuesta por muchas historias personales y/o familiares. 45 personas fallecidas de una manera terrible y donde lo irracional se apodera de cuerpos y almas. Debemos añadir por cercanía sentimental sevillana a Fernando Huerta. Este sevillano de 27 años de edad era socio del Sevilla; componente de la Peña sevillista Triana; hermano de la Macarena y vecino de la Barriada de Pino Montano. Se tropezó con la muerte mientras realizaba practicas de maquinista por entre los railes catalanes. Absolutamente emotivo y ejemplar el homenaje que se le rindió el pasado sábado en el Campo del Sevilla en los preámbulos del Sevilla - Athletic de Bilbao. Emocionante ejemplo de solidaridad el abrazo grupal entre sus compañeros y amigos. Estas cosas en tiempos donde predominan tantos miserables de dudosa catadura moral nos reivindican con nosotros mismos y nos abren una luz a la Esperanza. La fuerza de la solidaridad como antídoto contra el desconsuelo.
Estos luctuosos acontecimientos siempre sacan a relucir lo mejor y lo peor que anidan en los seres humanos. Es inevitable que aparezcan algunos políticos miserables que siempre actúan y funcionan en clave de rédito electoral. También aparecerán otros (desgraciadamente los menos) que anteponen a sus intereses políticos las necesidades perentorias de los ciudadanos. En estos casos es completamente necesario y además imprescindible actuar de manera coordinada entre Administraciones. Representa la única forma de intentar solucionar problemas de tan enorme gravedad. Saber orillar el actual lodazal de barro en que han convertido la política muchos de los que siempre dicen representarnos. Como andaluces debemos sentirnos orgullosos de como se han comportado los políticos de nuestra tierra (salvo los “dinamiteros” de siempre) ante una situación de tan trágicas consecuencias. Cuanto dure esta tregua de racionalidad y sentido común ya será una duda que el tiempo se encargará de despejar. De manera pertinaz la experiencia nos dice que al final todo y todos vuelven al redil de las consignas inducidas desde las alturas. El que no obedece no prospera y el que se mueve no sale en la foto. El eco en la política de los estómagos agradecidos. Tiempo al tiempo.
La parte noble de este luctuoso y desgarrador suceso lo ha dado como siempre la gente común y corriente. Esto, al que con demasiada ligereza, suelen llamar el pueblo llano. Precisamente ha sido un pueblo cordobés llamado Adamuz quien ha dado un ejemplo rotundo de solidaridad y sacrificio en aras de prestar su valiosísima ayuda en las primeros momentos de la tragedia (los peores sin duda). Allí estaban los vecinos sacando personas heridas de los trenes sin importarles poner en riesgo sus propias vidas. Encomiable un comportamiento tan solidario donde los seres humanos se reivindican ante tanta miseria como la que nos rodea. Buen gesto ha sido el promovido desde el Ayuntamiento de Huelva para hermanar la Ciudad de los Fandangos con este pequeño y hermoso pueblo cordobés. Se avanza a través de la confraternidad y nunca confrontando.
Una parte de los medios de “incomunicación” (son más de los que pensamos) nunca se van a reprimir. Convierten la tragedia en espectáculo y así poder rentabilizar los índices de audiencia televisivas o el número de oyentes o lectores. Todo se filtra a través del “Circo mediático” y se sobredimensionan y distorsionan las distintas historias personales de tan terrible suceso. Saben que esto se irá evaporando en los próximos días y tratan de sacar el mayor rédito social, político y, sobre todo, comercial. El tiempo apremia y los negocios no pueden esperar.
Dentro de las múltiples historias personales que conlleva una tragedia de estas dimensiones existe una que ha puesto a España y al mundo con el corazón en un puño. Es la historia de Cristina, una niña de 6 años de edad y residente en el pueblo onubense de Aljaraque. La Guardia Civil la encontró sola y descalza caminando por las vías del tren. Acababa de perder en la tragedia a sus padres, su hermano y un primo. Salió del tren, o lo que es lo mismo salió de la muerte, para encontrarse con la vida que la llamaba desde el exterior. A ella no le tocaba ese fatídico día abandonar el reino de los mortales. Esta niña representa mejor que nadie el alcance de esta tremenda tragedia. Con el paso de los años siempre será recordada como “La niña del tren”. La misma que nos puso a todos los andaluces de bien el alma atrapada en el laberinto de la pena. Nunca estará sola pues la Madre Andalucía nunca la dejará en los fríos brazos de la orfandad.
Ahora toca lo que lo toca. Desarrollar y concluir con toda pulcritud y total perseverancia las investigaciones pertinentes. Que se sepa que ocurrió para desencadenar una tragedia de estas magnitudes. No vale con decir que todo se ha hecho bien y que se habían practicado con anterioridad todos los protocolos y revisiones pertinentes. Esto no se resuelve con que hubiera un trozo de vía rota. Algo falló y algunos fallaron en sus bien remunerados cargos. No se trata de señalar a nadie antes de disponer de los resultados definitivos de las investigaciones (si esto al final llega a producirse). Se trata de dejar claro que los beneficios y la usura desmedida se están llevando por delante todos los servicios públicos. Las privatizaciones campan a sus anchas por todas las esferas de la Sociedad donde todo queda contextualizado en clave de ganancias. Lo que ha ocurrido es de una extrema gravedad. Han muerto en condiciones dramáticas 45 personas y a otras cientos de ellas ya les habrá cambiado la vida para siempre. Depurar las responsabilidades políticas y civiles que procedan es lo menos que se merecen quienes han perdido la vida. Hagamos oídos sordos a los extremistas que siempre buscan cualquier ocasión para verter su odio infinito. Usemos la sensatez y la cordura o, dentro de poco, este país volverá a oler a pólvora. Ya va siendo hora de que en la película de la vida ganen alguna vez los buenos. Otra cosa es si sabemos todavía quienes son los buenos. Ya todo gira en torno al llanto, la solidaridad y el espectáculo.

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