Hace muchos años que tengo la dicha de conocerlo. Es un sevillano profundo de andares lentos, hablar parsimonioso y con un alto sentido de la ética y la estética. Cada vez que lo veo me alegra el día pues se me representa un ejemplo de lo que significa ser bueno en el más noble concepto machadiano. Antonio, así se llama, tuvo que remar contracorriente para poder encauzar su vida. Enviudó muy joven y conoció el durísimo trance de perder a su mujer en la flor de su vida. Antonio se quedó devastado por la pena y con una hija pequeña a la que sacar adelante. Se convirtió en un viudo que sin darle tiempo a secarse las lagrimas tenia que ir aprendiendo sin demora a ejercer de padre y de madre. Las circunstancias de la vida marcando sus inapelables pautas sobre nuestras vidas. Hoy aquella niña que se tuvo que acostumbrar a vivir sin madre es una extraordinaria mujer que siente un profundo cariño por su padre.
Antonio siempre tuvo como uno de sus más firmes pilares al Señor de Pasión. Lo suele visitar con muchísima frecuencia y siempre me dice que el Señor de Martínez Montañés le da dos cosas que considera imprescindibles para afrontar los días: entereza y templanza. Con noventa y ocho años de edad a cuesta se me representa un claro ejemplo de desafío a todas las leyes, físicas y mentales, de la naturaleza humana. Desde la salida del confinamiento del COVID ya suele pasear acompañado pues su hija, con buen criterio, le puso una muchacha como acompañante. Ella está encantada con su tarea pues es como llevar del brazo a una enciclopedia sevillana. Me cuenta que aquí el mundo es al revés y ya no sabe quien acompaña a quien. Me dice que algunas veces es Antonio quien le dice: “Ten cuidado que hay una loseta desprendida en el suelo y te puedes caer”.
El pasado lunes coincidí con él en la Capilla de Pasión (donde si no). Estuvimos platicando un rato y como siempre mostrando una gran curiosidad por cuanto le rodea. Empieza a mostrarse algo sorprendido con este mundo alocado, violento, mercantilista y soez donde todo lo malo que ocurre es manifiestamente empeorable. Siempre que nos vemos lo primero que hace es preguntarme por Fran Silva (antiguo Capìller de Pasión) por el que siente un gran afecto. Cuando le pregunté como se encontraba me dijo que muy bien. Me hizo una reflexión llena de sensatez. Me dijo: “No me preocupa nada la muerte. Llegará cuando tenga que llegar. Lo que si es verdad es que no tiene mucho sentido morirse en la frontera de los cien años de edad. Si te mueres con noventa años siempre dirán que ya estabas muy mayor. Si lo haces cerca de cumplir el ciento dirán falleció ya muy cerca del siglo. Una pena”. Es como si en un maratón te da un calambre a escasos metros de la meta. Antonio es un ejemplo de vitalidad, optimismo y de ganas de vivir. Un día me dijo: “El problema no consiste en no pensar en la muerte; el verdadero problema es que la muerte no piense en nosotros”. Él sigue viviendo y sumando días a esto que llaman el ejercicio de vivir. El próximo 19 de Marzo, Día de San José, Antonio cumplirá noventa y nueve años de edad. Ya tiene el siglo a tiro de piedra. Seguro que el Señor de Pasión y la Virgen de la Merced le ayudarán en tan noble empeño.
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