Dentro de muy pocas horas esta Ciudad, que cada día es menos nuestra, se configurará como un macrocosmo urbano que cobra su verdadero dimensión con la incorporación de los microcosmos sevillanos. El microcosmo sentimental-tradicional que se armoniza uniendo con lazos de sangre la familia y el barrio. El microcosmo corporativo que se genera en el seno de las hermandades donde, por mucho que se froten con paños secos, algunas veces no es oro todo lo que reluce. Son entidades configuradas por personas y, como seres humanos, se mezclan las buenas virtudes con aquellas donde la virtud ni está ni se le espera. Resultan absolutamente imprescindibles pues sin ellas la Semana Santa se habría difuminado con el paso de los años. Un dátil no hace una palmera pero una palmera si hace muchos dátiles. Todo gira en torno a la poderosa y cautivadora expresión de nuestras imágenes. El poder de la religiosidad popular expresada a través de los grandes imagineros de la Historia. A golpes de gubia la madera se hizo carne.
Es, sin lugar a dudas, la puesta en escena callejera más importante y sublime que se da en este planeta al que llamamos Tierra. Una magna y majestuosa obra de teatro donde el pueblo llano forma (¿o formaba?) parte esencial de la misma. Siempre ha causado un verdadero asombro entre artistas e intelectuales foráneos que no logran explicarse como se puede conjugar tal cumulo de belleza. El Arte como eficaz antídoto contra el dolor supremo. Este entramado urbano semana-santero no tiene parangón y resulta admirable que haya sabido capear la embestida de los duros ciclos históricos. Supo adaptarse a cada época sin desnaturalizar su idiosincrasia sevillana. Resiste -con fisuras si se quiere- pero aguanta contra viento y marea los envites de los temporales. No existe ninguna parte del mundo donde mejor se conjugue la Belleza con la Fe. Cuando ya hace tiempo que la sueles vivir a través de los ojos y las ilusiones de tus nietos es cuando te percatas, entre la nostalgia y el gozo, que esto es una cadena donde siempre estará pendiente de enlazarse el último eslabón. Dicen que en Sevilla es cosa de agoreros hablar de la “ultima copa” (mejor decir siempre la penúltima). No existe ni nunca existió para nadie su ultima Semana Santa. Como los ciclistas vamos cubriendo etapas, unas veces pedaleando con esfuerzo para coronar las cimas y otras a todas pastilla para ser los primeros en las llegadas. Más importante que estar es haber estado y ser capaz de esparcir la semilla que otros seguirán sembrando para que nunca falte el fruto de la vida sevillana. Los microcosmos de la Semana Santa sevillana marcando sus pautas amorosas de ciclos ininterrumpidos. Un redoble de tambor y una saeta desde un balcón serán al final la mejor banda sonora de nuestras vidas. Dentro de pocos días nacerá a la vida y a los sentidos otro Domingo de Ramos. Siempre igual y también siempre distinto. Una Ciudad que estos días se sacude el ripio y se envuelve adormecida entre la poesía más profunda. Late con toda su fuerza la Primavera que aquí es lo mismo que decir que late la vida.
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