“El ignorante deja de serlo cuando asume su ignorancia y trata de poner remedio para paliarla”
Definitivamente ya nada es lo que era. Ni el verano. Ni la vida. Ni, evidentemente, nosotros mismos. Veranos de antaño donde los medios informativos crearon aquello que se conocía como “las serpientes del verano”. Era una forma de rellenar las páginas de los periódicos ante la falta de noticias de cierto interés. Esto ya pasó a mejor vida pues si hacemos balance de los acontecimientos acaecidos este verano el volumen de noticias (unas malas, otras muy malas y algunas trágicas) ha sido absolutamente demoledor. Terremotos que se ceban de manera inmisericorde con los más pobres (pobreza y tragedia siempre fueron compañeras inseparables de viaje). Incendios de una voracidad insaciable que arruina la vida de miles de personas y que destruye enormes espacios forestales donde la Naturaleza trata de sobrevivir (por ella y sobre todo por los seres humanos). La supina ignorancia programada donde al negar el Cambio Climático también niegan las posibles soluciones para garantizar el futuro de nuestros hijos y nietos. Invasiones migratorias donde se toman pacíficamente ciudades que, por su ubicación, ya tienen las costuras sociales a punto de estallar. Nuestros políticos no tienen ninguna intención de denunciar el verdadero origen y centro de gravedad de este “desembarco” humano. Llevarse bien con los vecinos es cosa sana; arrastrarse ante ellos ya es otra cuestión. Lo políticamente correcto marcando sus pautas de sometimiento a las mentiras programadas. Si algo hemos aprendido es que (sin caer en el pesimismo) todo es manifiestamente empeorable. Vivimos con el corazón en un puño.
Buscadores de sombras en una Ciudad que nos muestra unas calles incendiadas por el sol y abiertas en canal. Un tiempo para la Sevilla oculta que guarda el frescor eterno de los tiempos en los zaguanes de las casas señoriales. En el recogimiento de las Capillas sacramentales con sus velas siempre encendidas que alimentan la introspección de la Fe verdadera. En el interior de los Conventos de clausura donde el tiempo fragmentado en momentos y minutos siempre están librando su particular batalla. En la nostalgia de los perdidos Cines de Verano con su manto de estrellas; su intenso olor a Dama de Noche y todas las ilusiones pendientes de estrenarse ante el Pórtico de la vida. Románticos empedernidos disfrazados de buscadores de verdades en un época donde reinan a sus anchas las mentiras disfrazadas de “relatos”. Se empieza a marchar otro Verano de nuestras vidas. Siempre nos quedará esa “penúltima” cerveza para brindar con los pocos amigos que nos van quedando y por los muchos que ya se fueron. Vuelve Septiembre con su traje color de membrillo y todo, absolutamente todo, volverá a renacer a través de esto que suelen llamar la vida cotidiana. El tintineo de las campanillas de los Conventos son los soniquetes del alma sevillana donde siempre se unen los presentes con los ausentes. Vivir para ver y ver para vivir. Buscadores de sombras y de verdades navegando por el Rio Guadalquivir. La vida sevillana dando vueltas en el carrusel de la existencia humana. El caleidoscopio de los tiempos que devora las hojas de los almanaques.
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