jueves, 8 de febrero de 2024

La gran nevada sevillana



El pasado día 2 de Febrero se cumplieron 70 años de la gran nevada de Sevilla. La anterior nevada fue en el año 1905. Más concretamente un 22 de Febrero y un 24 de Marzo (curiosamente esta última coincidió con la Semana Santa). También nevó el 10 de Enero de 1945 pero esta fue de menor intensidad. Cuando la nevada de 1954 yo tenia 8 años de edad. Recuerdo que mi abuelo Félix nos llevó a mi hermano y a mí hasta los aledaños del Prado de San Sebastián. Quería que pudiéramos ver de cerca un hecho tan singular. Lo que más me impactó fue la gran cantidad de nieve que tenía el monumento que aquí se conoce como “El Caballo”. La única referencia que teníamos de la nieve era la de las barras que vendían en la calle Sor Ángela de la Cruz. Este hielo  mitigaba en parte las altas temperaturas veraniegas de la Ciudad. Iba cada dos días y me partían la media barra en cuatro trozos que yo portaba en un cubo de zinc. Dada mi corta edad y el peso del cubo la distancia, relativamente corta, se me hacia interminable. Mi padre, mañoso donde los hubiera, había fabricado un artilugio de madera y corcho donde se colocaba la nieve troceada para enfriar los alimentos del día. Actualmente estas cosas no se entienden pero entonces se compraba las viandas para cubrir el día. Tiempos duros aquellos donde la gran nevada sirvió al menos para tenernos entretenidos y olvidar las carencias de manera momentánea. El “Sanatorio de la Goma” situado en la calle San José agotó sus existencias de botas de goma que la gente compraba para evitar resbalones. Para las madres lo desconocido siempre suponía un motivo de alto riesgo y se nos prohibió a los niños alejarnos de nuestro entorno. Pensarían que nos podíamos encontrar de frente al Yeti “El  abominable Hombre de las nieves”.  Los pocos coches que había aparcados parecían Iglús del Polo Norte.  El Puente de San Bernardo daba la impresión de que lo habían trasladado a la estepa siberiana. Fueron dos días frenéticos y donde poder dormir se nos hacia prácticamente imposible. Los nervios por la gran nevada alteraban nuestro sosiego. En Sevilla no se hablaba de otra cosa que no fuera la nieve y la gran posibilidad de que este fenómeno pudiera repetirse. Los gatos, frioleros como ningún otro animal, se metían dentro de las cañerías de las azoteas. Los pájaros en libertad se situaban en las puertas de las jaulas para que les abrieran los pestillos de las mismas. La gran nevada se fue difuminando con las horas y nos dejó para la posteridad un ramillete de excelentes fotografías. Desde entonces la nieve en Sevilla ni está ni se le espera. Han pasado  setenta años desde la gran nevada y todavía, de vez en cuando, estornuda el Caballo del Cid Campeador en la Pasarela. Teníamos dudas de si Sevilla seria más bonita con la nieve y la conclusión es que Sevilla (chovinismos habemus) está bonita de todas las formas posibles. Han pasado siete décadas y aquí seguimos esperando otra gran nevada. Ahora me tocaría a mí llevar a mis nietos a contemplarla. 

lunes, 5 de febrero de 2024

Entre el azul y la plata



A la memoria de Teresa y Encarna

En estos primeros días de Febrerillo, cada vez más seco y menos loco, todo se reviste del azul y plata de la Candelaria. Se nos presenta como un aldabonazo en nuestra frágil memoria sentimental. Un antiguo eco procedente de los pitos de los afilaores en las puertas de los antiguos corrales de vecinos. Un soniquete callejero para que nunca olvidemos donde están plantadas nuestras raíces más profundas. Mi abuela y mi madre fueron durante toda sus vidas fervorosas vecinas de una Virgen que representó para ellas el epicentro de sus más nobles emociones. Las duras condiciones existenciales que les tocó vivir encontró su necesario antídoto bajo el amparo de la Reina de San Nicolás. La misma que las veía pasar cada día bajo su deslumbrante azulejo. Una suegra y una nuera unidas por la Fe y las más nobles tradiciones que le daba sentido a esto que ahora llaman “el Ejercicio de vivir”.  Dos mujeres y un destino. Unas maestras inigualables de unos descendientes a los que desde muy niños nos enseñaron que nuestro particular Ítaca siempre estaría entre la Puerta de la Carne y la Alfalfa. Ambas tuvieron a la Candelaria en sus labios y su corazon hasta el ultimo día de sus fructíferas y nobles existencias. Inolvidables aquellos añorados Martes Santo donde nos planchaban con enorme esmero nuestras primeras túnicas blancas. Sonreían satisfechas ante nuestra nerviosera de incipientes nazarenos blancos con olores a Jardines y sabores a caramelos de Casa Mauri. ¡Aquellos  mágicos días donde todo estaba por estrenarse!  Las puertas de San Nicolás significaban para ellas el acceso directo al Pórtico de la Gloria. Soltaban en el suelo la talega con las pocas viandas compradas en el Mercado de la Encarnación para rezarle con fervor a la Virgen de sus amores. Ambas sobrepasaron la barrera de los noventa años de existencia y ambas, en un ejercicio de amor supremo, nos dejaron llena de flores la senda que siempre nos llevaría hasta San Nicolás.  Hoy, Alicia, la nieta de Encarna y bisnieta de Teresa ha tomado el relevo existencial  que siempre estará revestido de azul y plata. Pasaron ellas, pasaremos  todos nosotros y solo quedará, como referente de nuestras vidas, la Virgen que vive en la Judería y se reviste cada lunes del año con el manto de las emociones compartidas. El ayer, el hoy y el mañana unidos por una Cruz de Guía anclada en la calle Candilejos. Un Paso de Palio que cuando navega por Sevilla derrama pétalos de azahar. Una Virgen que se mueve entre soles y lunas y a la que por aquí llaman la Candelaria. Un pasado y un presente abiertos en canal buscando el futuro en clave de azul y plata. Un sentimiento atado para siempre en las columnas de la calle Mármoles. Una pila bautismal que nos sitúa en el comienzo de esta bella historia. 

viernes, 2 de febrero de 2024

Israel Fernández

“Veinticuatro horas al día
si tuviera veintisiete
tres horas mas te querría”


Demostrado queda que el Flamenco es una continua y permanente caja de sorpresas. Se terminan ciclos con generaciones de grandes artistas y, a continuación, aparecen los que vienen a  tomar el relevo de la generación anterior.  No son mejores ni peores: son  distintos en las formas pero coincidentes en el fondo. Afortunadamente tenemos en la actualidad un brillante ramillete de grandes y jóvenes artistas del Cante, el Toque y el Baile. Gracias a la semillas sembradas por los que se fueron tenemos Flamenco del bueno para rato. En el Cante masculino actual, cuando todavía está vigente el reinado de Miguel Poveda, aparece un toledano de 34 años de edad llamado Israel Fernández que ha llegado “para formar el taco”. Desarrolla su discurso Jondo con una mezcla equilibrada de ritmo, compás, armonía, templanza y conocimiento. Su Cante discurre entre la sabiduría de lo viejo y la frescura de lo nuevo. Su acompañante habitual a la guitarra es Diego del Morao (hijo del gran Moraito Chico) y que se nos configura como uno de los más grandes guitarristas actuales. Algunos osados ya han comparado a este dúo flamenco con el que formaron en su día Camarón y Paco de Lucía. Despacito y con buena letra que las prisas nunca fueron buenas compañeras de viaje. Dejemos que Israel y Diego vuelen y creen en libertad y ya el tiempo nos dirá el alcance de ese vuelo. Motivos para la esperanza los hay y en una medida considerable. Recuerdo hace ya muchos años que un compañero de sentires flamencos de Zamora me habló por primera vez de Israel Fernández. Todavía era un niño y ya apuntaba unas maneras flamencas mas que notables. Afortunadamente ya ha sobrepasado la aduana donde se guardan los juguetes rotos en que se convirtieron y se siguen convirtiendo muchos niños-prodigios. Israel y Diego; Diego e Israel tienen las cabezas muy bien amuebladas y solo pretenden que su Arte avance con paso firme por las  hermosas veredas del Flamenco. Saben de donde  vienen y, lo más importante, saben a donde van. No es el momento de compararlos con nadie ni con nada. Son portadores de la herencia de sus ancestros en un mundo globalizado donde solo puede salvarnos lo identitario. El Flamenco de hoy no es más que un reflejo del Flamenco del ayer y un anticipo del Flamenco del mañana. Eslabones de una fértil cadena hecha de gozos y penas que siempre sostiene con firmeza la Madre Andalucía.