lunes, 16 de febrero de 2015

Sones de Sonanta






Trae la noche lamentos sonoros
de quejas viejas y amores nuevos.
Las guitarras duermen placidas
en sus fundas soñando con
las noches de antaño.
Ramón, Ricardo, Manolo,
Agustín y Paco abriendo surcos
de arte por los campos andaluces.

Suena en clave de Peteneras la
guitarra del mesón machadiano.
Soniquetes del alma andaluza
envuelta entre repiques de campana
y el tin-tin de campanillas de conventos.
Una mano tremolea  con destreza
tomando  forma los pentagramas
de los campos y mares andaluces.

Suena una guitarra por los pueblos
blancos de Andalucía y se ennoblece
el luto amargo de sus mujeres.
Sones de Sonanta para que el gozo
y la pena caminen cogidas de la mano.
La música de los andaluces atrapada
amorosamente entre seis cuerdas.

Sones de Sonanta abriendo los días
y cerrando las noches andaluzas.


Juan Luis Franco – Lunes Día 16 de Febrero del 2015

viernes, 13 de febrero de 2015

Trinidad de Sevilla







Estrella de Avenida, Sol  y reja
una Esperanza llamada Trinidad.
Colegio fundido en Hermandad
Sábado que con Ella ya se aleja.
Entre plegarias renaces  pena vieja
y una Santa apoyada en su cancela
busca a Dios con crucifijo y una vela.
Radiante va la Trinidad más sevillana
suspiros mueven el visillo en mi ventana:
Madre Angélita le reza en duermevela.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Un barco llamado Esperanza



Pararon los relojes de arena en las playas de los sueños. Atracaron sus veleros de nata y vientos huracanados compartidos en el vientre exhausto del puerto. El faro de la bahía les dio la bienvenida con cien destellos luminosos de plateada luna. Venían de un largo viaje por ultramar que hizo hombres a los niños y viejos a los hombres. Dejaron a sus mujeres amamantando niños y a sus madres tendiendo la ropa recién lavada en las ramas de los olivos. Las muchachas en flor se subieron a la colina para verlos venir. Los perros movían sus rabos de manera rítmicamente compulsiva y los gatos estiraban sus bigotes de acero. No es que pareciera que fue ayer cuando se fueron es que verdaderamente se marcharon envueltos en un ayer sin tiempo ni medida. Los hombres embarcaron buscando el sustento de sus familias y los jóvenes intentando llegar a la Isla del Futuro. En la bodega llevaban apresados financieros inmisericordes, ladrones de sueños y políticos de baja estofa. Los jueces celebraban sus juicios en la cubierta del barco y los peces fueron testigos de sus veredictos. Soportaron noches interminables de tormentas y amaneceres con vómitos de escorbuto rodeados de gaviotas. Remaron de manera solidaria sin miedo a tropezarse con  piratas (los llevaban encerrados en la bodega del barco). Vieron y vivieron cosas asombrosas y la naturaleza les mostró su inmensa paleta de colores. Las nubes de algodón los mecieron en tardes interminables de calma chicha. Navegaron guiados por la Estrella de los vientos de Norte a Sur y de Este a Oeste. Cuando volvieron de tan larga odisea traían varias cosas meridianamente claras: que el barco que antes les alquilaban para salir a pescar en realidad era suyo. Que también, en lo bueno y en lo malo, el sol y la luna les pertenecían. Que nunca pudo avanzar un barco sin que sus tripulantes remaran todos a una. Que cuando te quitan tantas cosas la última que te quitarán será el miedo. Que Dios no nos hizo humanos para repartirnos siempre tan solo lo malo. Que quien le pierde el miedo al mar bravío le pierde el miedo al poderoso. Estuvieron diez días, con sus correspondientes noches, de fiesta. La Aldea Global nunca fue más aldea ni más global. Marineros de luces encendidas portando la verdad y la decencia atrapadas para siempre en sus redes de pesca. El vino alivio la sequedad de sus gargantas y las parejas jóvenes se perdieron entrelazadas dentro de la espesura del bosque. Se dieron cuenta que el barco seguía sin nombre. El más joven del lugar propuso llamarlo “Pudimos” y el más viejo del lugar meneando la cabeza dijo: “Yo que vosotros mejor lo llamaría “Esperanza”.  Un pelicano levantó el vuelo y llenó de colorido la radiante mañana.  Por una vez, y de manera general, todos pensaron que Dios estaba de su parte. Se convencieron de que la cantinela del “Valle de lágrimas” la inventaron quienes luego les alquilaban los pañuelos para conjugarlas. Difícilmente nadie podría ya nunca bajarlos del barco de la “Esperanza”.  Eran libres y ¡por fin! dueños de sus sueños y realidades.