La tarde con su tono rosáceo y sus perfiles azulones se resistía a abandonar la Playa de la Jara. El viento solano ya había bajado sus persianas de soles refulgentes que acarician los rostros con una falsa calidez que termina siendo abrasadora. La playa poco a poco se iba despoblando de playeros y se quedaban aquellos que siempre supieron ver los misterios y grandezas de los mares. La playa es para que te vean y el mar es para que tu veas una de las expresiones más bellas de la Madre Naturaleza. Enfrente, el mágico entorno de Doñana se iba adentrando poco a poco en el reino de las sombras. Compartió con su padre por wasap una foto de aquel milagro de la Naturaleza. En los aledaños de la orilla dos mujeres muy jóvenes, con el pelo recogido en sendas trenzas, montaban dos jacas jerezanas con unas pintas verdaderamente majestuosas. Caballos mitológicos de lunas llenas, uno blanco y el otro negro como la sempiterna suerte de los humanos. Son de esos momentos en que los ateos dudan de sus propias dudas y los creyentes se entregan volátiles en los brazos del Sumo Hacedor. Con una cierta lentitud cerró la novela de Isabel Allende que estaba leyendo esa tarde y la depositó cuidadosamente en una bolsa de rafia que siempre estaba llena de sueños. Se miró los pies salpicados de arena húmeda y espantó, con una maniobra de su abanico cerrado, una de esas pesadas moscas que uno no sabe si fumigarlas o apuntarlas en el Libro de Familia. Miró de reojo a su madre que tenía puesta la mirada fija en el horizonte. Sintió una especie de escalofrío que no era más que un hondo sentimiento de placer. Estaba feliz de la forma más sincera posible: en paz consigo misma y con la Madre Naturaleza.
Las olas que llegaban para morir en la orilla lo hacían cada vez de forma más pausada. Llegaban para quedarse y parecía que ya les daba pereza volverse a su punto de partida. Desde un grupo algo lejano se escuchaba en la distancia los sones de una canción de Manuel Carrasco. En el horizonte ya mandaban los tonos grisáceos. Destacaba un semicírculo rojo que por momentos iba perdiendo su nitidez para evaporarse en los brazos de la noche. Poco a poco se fue desperezando mientras se quitaba la arena de los brazos. Con su mano izquierda se recolocó su pulsera granate del Señor de la Salud de los Gitanos. Se calzó las chanclas mientras veía como su madre se incorporaba y se ponía una camiseta blanca. Escuchó una voz, sangre de su sangre, que le decía: “Chica, ¿nos vamos ya?”. Dicho y hecho. Recogieron los bártulos y con paso lento pero firme abandonaron la playa. Pasaron por la puerta de un chiringuito que ya estaba recogiendo para empezar a preparar el siguiente día. Apiladas en un rincón dormían en perfecto orden las cajas de cervezas rescoldo del elixir veraniego de los cerveceros. Los restos acristalados de la batalla librada por el Rey Gambrinus. Cerveceros indomables por los senderos de Manolo Sanlúcar, Genio de la guitarra flamenca. “Padre nuestro que estas en los cielos, no permitas nunca que estén vacíos nuestros corazones ni tampoco nuestros botellines”. Sentidas oraciones cerveceras en honor de San Salvador de la Cruzcampo. Todavía se percibía en el aire un tenue pero persistente olor a sardinas “asá”. Soltaron las bolsas y las butacas playeras a los pies del coche y mientras ella metía la llave en la cerradura se intercambiaron una sonrisa. Dos mujeres y un mismo destino.
En los pinares cercanos dos pájaros “carbonero garrapinos” se disputaban una rama oblicua donde poder pasar la noche. En las casas adyacentes ya estaban encendidas las luces artificiales para dejar constancia de que la luz del sol había sido derrotada. La oscuridad se hizo redonda y el coche avanzaba por entre las caricias luneras de las parejas de enamorados en el paseo marítimo. Alguna risa estentórea rompía la magia de la noche que acababa de comenzar su andadura de sombras callejeras. Matizadas por la luz de unas farolas de hierro fundido de estilo sevillano. Mientras conducía veía de reojo como su madre intentaba quitarse del pelo los últimos granos de arena. Observó no sin cierta satisfacción que todo estaba equilibrado y que la Felicidad siempre se encuentra en los gestos más sencillos y cotidianos. A lo lejos, en el horizonte, ya había sido difuminado cualquier vestigio de la paleta con los colores celestiales. La luna lorquiana se mostraba majestuosa proyectando su halo de luz sobre las tranquilas aguas. Dios se sonrió desde las alturas y se dijo para sus adentros: “Hoy de verdad si que lo he bordao”.
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