jueves, 22 de octubre de 2026

Arco del Postigo del Aceite


Interpretar a Sevilla en todas sus múltiples variantes se me antoja una ardua tarea y además completamente inútil. Existen muchas Sevillas y son muchas las distintas interpretaciones que de ellas suelen hacerse. A su manera cada sevillano o sevillana las busca tratando de despejar los interrogantes de su impresionante historia y de su singular idiosincrasia. Confrontar las distintas interpretaciones que de la Ciudad puedan hacerse supone un mero ejercicio de confrontación gratuita. Nadie está en posesión de la verdad y tan solo los ancestrales “Depositarios de las Esencias” creen tener las llaves que abren y cierran las puertas de sus murallas. Son ellos, tan solo ellos, los que se creen dueños del privilegio de conceder o negar los “Certificados de buena sevillanía”. Dentro de su supina ignorancia quieren tener siempre a “su Sevilla” apresada dentro del estrecho marco del “aldeanismo”. Obvian, por interés o desconocimiento, que Sevilla es Universal tanto en el fondo como en la forma. Una Ciudad nacida para la Poesía y la Templanza y que hoy, por mor de un Turismo masificado y descontrolado, se ha convertido en un batiburrillo de gente moviéndose desnortada por sus calles y plazas. La cuestión consiste en no estarse quieto ni un momento para así poder ver el mayor número de “cosas”. Quieren conocer Sevilla en un día sin entender que los nativos y nativas no lo logramos ni en toda una vida. Sin pararse pausadamente, como hace un paso de palio por la calle Francos, no es posible ver a esa Sevilla que más que verse se siente y se palpa por entre los laberintos de los sentidos. No es lo mismo ver que mirar. Sevilla es una Ciudad que siempre conquista al forastero tanto a nivel individual como grupal. Las civilizaciones romanas, árabes y judías pasaron de conquistadoras a conquistadas. También hasta la Cristiandad tuvo que doblegarse ante los encantos y el embrujo de la Ciudad. Aquí, sin necesidad de leer los Santos Evangelios, creemos en Dios porque todos sabemos a ciencia cierta que su Hijo y su Madre viven en Sevilla.  
Hace unos días me contó un amigo que este verano estuvo una semana en Florencia (ciudad que suele visitar con frecuencia) comprobando alarmado como se ha ido difuminando con los años la grandeza del Renacimiento Italiano que era su deslumbrante señas de identidad. Miles de turistas cámaras en mano fotografiando todo lo que ellos consideran digno de ser fotografiado. Quienes de verdad visitan Florencia no son ellos sino sus móviles o cámaras de fotos. Se vuelven con los corazones vacíos pero, eso si, con una multitud de fotos que se archivarán para el olvido más inmediato en una “nube” sin alma en Internet. Van en programados grupo buscando la belleza de manera apresurada sin entender que la belleza tan solo se aprecia desde la serenidad. 
 Sevilla ya hace años que camina por esos derroteros y lo triste es que la tendencia va en aumento cada día. Nuestros “mandamases” municipales suelen viajar con frecuencia al extranjero para atraer nuevos turistas a la Ciudad. Ahora están eufóricos por que se han cerrado vuelos directos entre Montreal y Sevilla. Todo sea por el famoso “Impacto Económico” y por los grandes beneficios que reportará a “toda” la Ciudad. No hay limites y siempre existe una meta (que no es más que el comienzo de otra). ¿Qué hemos llegado al millón y medio de llegadas en el Aeropuerto? Pues nada, a por los dos millones. Lo bueno siempre está por llegar como consigna ancestral de la Ciudad.  
Ahora han descubierto que es mucho mejor que vengan menos turistas pero con un mayor poder adquisitivo. Gente pudiente que gaste mucho y que además se vayan contentos para animar a otros a venir. ¿Que pinta ya el sevillano de a pie en el organigrama de la Ciudad? Nada, absolutamente nada. Tan solo en los últimos diez años el Centro y la Zona Monumental de Sevilla han experimentado un enorme cambio. Pisos y apartamentos turísticos hasta en la sopa. Nuevos establecimientos que han sustituido a los antiguos (algunos centenarios) y que han convertido las calles en sitios anodinos e impersonales. En la calle Cuna existe una “Cafetería” sin barra, sin camareros y sin entrada. Nada de nada. Solo existen dos boquetes en una pared. Por uno se pide el café y se paga y por el otro se retira. A cualquier hora del día siempre se observa una cola que deja entrever que el negocio es bastante floreciente. Es justo reconocer el gran ingenio comercial de algunos y algunas. Esto parece ser el futuro que nos espera. La Ciudad se nos va de las manos entre lamentos nostálgicos y cantos de sirena.   



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