El ciclo natural de la existencia humana es nacer, crecer, madurar, envejecer, enfermar y como diría el Beni de Cádiz “Pa el jardín”. Cuando ese ciclo no se cumple y se altera el orden natural de las cosas queda claro que la tragedia ha hecho acto de presencia. El terrible accidente de tren en Urda (Toledo) se ha llevado por delante la vida de 69 personas y algunas decenas de heridos donde algunos de ellos se encuentran en estado grave. Las secuelas físicas y psicológicas de esta tragedia es de una magnitud absolutamente demoledora. Aunque el verdadero alcance de este terrible accidente se produce cuando se le pone rostro humano a algunas de estas personas y nos adentramos en sus historias personales. Leo con gran interés, no exento de cierto estremecimiento, un reportaje que se publicaba en el periódico “El País” del pasado domingo. Allí se reflejan algunos de los perfiles humanos y profesionales de algunas de las personas fallecidas. Distintas edades y distintos motivos que les hicieron viajar en esos trenes ese fatídico día. A todos y a todas les movía algún motivo bien fuera personal, lúdico o profesional. Estremecedor el relato que unió a un guardia civil llamado Salvador Correa con una muchacha sevillana llamada Almudena. Junto con un compañero fueron los primeros en entrar en el vagón 8 que había sufrido el mayor impacto del siniestro. La imagen que presencian fue absolutamente dantesca. Un amasijo de cuerpos inertes destrozados entre hierros retorcidos. Un profundo olor a muerte envuelto en un silencio total. Empiezan a llamar a los pasajeros por si hubiera alguien con vida. Nada, nadie responde. De repente se escucha a un mujer chillando que contesta a sus llamadas. Se encuentra atrapada por el fuselaje. Solo se le ve una mano y en la misma destaca una pulsera verde. Se agarra con fuerza a la mano que le tiende Salvador Correa como un náufrago a un tablón en alta mar. Ya empiezan a llegar algunos bomberos y comienzan su laborioso rescate. Se turnan entre todos para que nunca le falte a la mano de Almudena una mano amiga donde poder agarrarse. Ya por fin consiguen verle su rostro donde destacan sus ojos azules. El último escollo para poder sacarla es su pelo que todavía sigue atrapado. Con unas tijeras se lo cortan y por fin logran rescatarla. Le dice a Salvador que se llama Almudena y que tiene 32 años de edad. La pulsera verde es de una hermandad sevillana. La ingresan en estado muy grave y ya el guardia civil Salvador Correa se queda con la duda de si habrá podido sobrevivir dada la gravedad de sus heridas. Utiliza algunos contactos del hospital para saber de su estado. Como datos solo les puede aportar que se llama Almudena, tiene 32 años, los ojos azules y lleva una pulsera verde de una hermandad sevillana. Esa noche antes de acostarse y preso de la incertidumbre recibe una llamada telefónica donde alguien entre sollozos le dice : ¡¡Está viva!! Es Julio, el prometido de Almudena, quien le comenta que la han intervenido quirúrgicamente pero que “saldrá adelante”. Emocionado les da miles de gracias por haberle salvado la vida. Desde entonces ya no han perdido el contacto. Dentro de la gravedad Almudena se va recuperando. Julio le ha presentado a Salvador la familia de Almudena y lo tratan como a uno de ellos. El enorme y sincero agradecimiento que le muestran es infinito. Una historia de una enorme grandiosidad humana y que tendrá su capitulo más emotivo cuando Salvador pueda ver a Almudena.
Conviene no situar a los fallecidos dentro de la frialdad aritmética. Eran personas con sus proyectos de vida completamente activados y donde la posibilidad de fallecer no entraba en sus planes existenciales. No les tocaba morir todavía. Que la aparición de la muerte es algo imprevisible y que nos puede abordar en cualquier esquina resulta inapelable. Aquí lo que ocurre es que conviene determinar las responsabilidades de aquellos que han sido partícipes activos o responsables indirectos de esta tragedia. Investigar a fondo y con los resultados obtenidos depurar a fondo a las responsabilidades (jurídicas y políticas) de esta enorme tragedia. No nos mostramos excesivamente optimistas con las tan cacareadas “Comisiones de Investigación”. Estos días se han cumplido 2 años de las inundaciones producidas por la Dana en Valencia. Fallecieron 233 personas y la zona quedó completamente devastada. Cada mes los familiares de las victimas se manifiestan públicamente esperando respuestas que nunca terminan de llegar. En el terrible accidente de tren ocurrido el pasado 18 de Enero en el pueblo cordobés de Adamuz perdieron la vida 46 personas. Decir que las investigaciones de este terrible accidente van “a paso de tortuga” sería ser demasiado optimista. Conviene nos ser ingenuos y saber buscar algunas respuestas en las estructuras del sistema capitalista. El número de viajeros en lo que se refiere a servicios de alta velocidad (AVE y competidores) aumentó un 100% en los últimos diez años. Motivado fundamentalmente por la liberalización del sector ferroviario (para entendernos el acceso privado a una parte del servicio de alta velocidad). En el año 2025 el número total de viajeros que utilizaron la los trenes de alta velocidad ascendió a 44,5 millones. Aumentó un 12 % con relación al año 2024 y sigue subiendo cada día. ¿Están preparadas las estructuras ferroviarias para esta incesante avalancha de pasajeros? ¿Se adecuan y modernizan permanentemente los medios técnicos y humanos? ¿Desde cuando los negocios tienen rostro humano? Las respuestas ya las conocemos de antemano. Lo dejó muy claro James Carville (asesor de la campaña electoral de Bill Clinton) cuando dijo: “Es la Economía, estúpidos”.
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