viernes, 29 de junio de 2012

La Billie Holiday del Flamenco



Antonia Rodríguez Moreno, “Antonia la Negra”, nace para el Flamenco y la vida en Orán (Argelia) en el Año del Señor de 1936. Casualidades del destino condicionaron que sus padres, un trianero de la calle Evangelista y una jerezana, tuvieran a Antonia por tierras argelinas. Allí, y en Marruecos, transcurrió su infancia y sus primeros años de adolescente. Siempre rodeada de una numerosa prole familiar. Según ha manifestado en alguna entrevista, fue su padre quien empezó a decirle de niña “mi negrita” por la profunda diferencia que mantenía con la tez blanquecina del resto de sus hermanos. Conoció a Juan Montoya, su futuro marido, en Marruecos, cuando este iba de bailaor en la Compañía de Pepe Pinto y “La Niña de los Peines”. Posteriormente, desembarcó a punto de cumplir los 18 años de edad por el arrabal trianero. Ya definitivamente su vida artística y personal quedaría sellada a sangre y arte con el barrio de Triana. Fue su hija, la recordada y añorada Lole, quien la animó a dar el paso definitivo que lleva a los artistas flamencos desde las fiestas a los escenarios. Formó parte de un majestuoso grupo flamenco trianero llamado “La Familia Montoya” (busquen en youtube alguna actuación del mismo y comprobarán que se quedan cortos todos los calificativos elogiosos), donde junto a su marido Juan Montoya, actuaban Carmen Montoya, Carmelilla Montoya y “El Morito”. Con algunas mágicas apariciones de una bella adolescente llamada Lole en puertas de navegar en solitario por los fugaces mares de la fama. A la guitarra pasaron gente de la talla de Moraito, Perico “Niño Jero”, Raimundo Amador, “El Roto”, Manuel Molina... (hasta el mismísimo Camarón aparece en una grabación tocándole la sonanta a la “Negra”). El Flamenco se nutre de retazos sentimentales que van enjaretando el arte y la vida en una simbiosis casi perfecta. El manido “Enciclopedismo” en el Cante Flamenco es utilizado demasiadas veces con excesiva ligereza. Hagan la excepción de Pastora, Vallejo y Camarón y sitúen lo “Enciclopédico” diluido -hermosamente diluido- en el dominio de “palos” (estilos) concretos y determinados. Existen excelsos cantaores/as que solo han necesitado desarrollar un solo “palo” para pasar con letras de oro a la Historia del Flamenco. Ejemplos majestuosos son: Fernanda por Soleá; Bernarda por Bulerías; Paco Toronjo por Fandangos y Antonia “La Negra” por Tangos. No hace falta llenar el cántaro en muchas fuentes a la vez para que el agua sea limpia, pura y cristalina. El Cante de Antonia “La Negra” se nos presenta telúrico, ancestral y diáfano. Nace de las entrañas de la tierra y se vivifica al alimón entre el gozo y la pena. Sinceramente, que artistas flamencos de esta raigambre se nos expongan cada día menos es algo ciertamente preocupante y desolador. Ignoro las circunstancias personales y/o familiares por las que atraviesa Antonia “La Negra”. El 12 de abril del 2010, en el Teatro Lope de Vega sevillano, se le rindió un homenaje con fines recaudatorios organizado por unos famosos vecinos suyos: “Los Morancos”. Actuaron algunas de las actuales primeras figuras del Arte Jondo. Se demostró, una vez, que la respuesta solidaria del Flamenco no conoce fronteras. Cada día tenemos más apagados los clarines del alma y están nutriendo nuestros sentimientos con los sonidos de los cantos de sirena.

Antonia “La Negra” es la piedra filosofal de los cantes festeros y en ellos –y en ella- queda reflejado a sangre y fuego cuanto el Cante Flamenco tiene de autenticidad. Canta “La Negra” por Tangos y el Dios de nuestros padres se emociona mirando desde los cielos a Triana. Con el Cante festero de “La Negra” la gitanería de Lorca cobra toda su dimensión. Mientras, la Luna al compás de Tangos, se refleja en el río soñando con minaretes árabes y alcázares cristianos.

martes, 26 de junio de 2012

El tiempo en tus manos


Éramos tres mosqueteros flamencos de Sevilla que acabábamos de llegar al Barrio marinero de Bajo de Guía en Sanlúcar de Barrameda. Era esa hora indeterminada donde muere la mañana para darle paso al deslumbrante y caluroso mediodía. Veníamos desde el Jerez de cantes, caballos y vinos tras hacer una gestión en el CAF (Centro Andaluz de Flamenco). Ellos eran los gestores y yo el silencioso acompañante. El aire olía a esparto y manzanilla. Las cocinas de bares y restaurantes estaban en plena ebullición preparando los arroces marineros (aquí nombrar la palabra paella está prohibido). Antes de darle placer a nuestras papilas gustativas, nos dimos un reposado paseo por las callejuelas de este escaparate donde Dios refleja la mejor puesta de sol de Andalucía. Las calles limpias y recién regadas estaban casi desiertas. Hacia años, muchos años, que no pisaba este querido trozo de tierra andaluza. Morirme fuera de Sevilla no entra en mis planes y mi neurosis sedentaria está alcanzando cotas preocupantes. Caminamos en silencio pues los tres coincidimos en que caminar silenciosos por sitios como este es ir al encuentro de Dios. Desde una azotea nos llega un mágico sonido que, después de pararnos para concretarlo, coincidimos que se trataba de la “Obertura Solemne, 1812” de Tchaikovsky. ¡La música de un ruso inmortal adornando la luminosa mañana en Bajo de Guía! La globalización de los sentimientos por encima de la de los mercaderes. El ser humano, capaz de lo peor y lo mejor, traslada y vuelca sus emociones musicales en los rincones terrenales más insospechados. Estoy seguro de que en ese preciso momento estaría sonando la mágica sonanta de Manolo Sanlúcar en algún rincón perdido del continente australiano. Nos cruzamos con un par de sanluqueños que nos saludan como si nos conocieran de toda la vida. El “Vayan ustedes con Dios señores” como un noble ritual perdido por las vacuas estupideces de la modernidad. ¡Si no nos hablamos con nuestros hermanos como vamos a saludar a los extraños! Un perrillo blanco, asomando su peluda cabeza tras las macetas de una florida ventana, nos saluda con algo lo más parecido a un ladrido. Uno de nosotros se mira el reloj de pulsera y la magia queda interrumpida en ese momento. Lo que llegó a continuación pueden fácilmente imaginarlo: huevos de choco con unas gotitas de limón; unas coquinitas al vapor; unos langostinitos atigrados; un plato de arroz a la marinera en su punto; un frito variado de pescaito más fresco que el rostro de algunos políticos y, un reposado café con una copita de orujo, todo regado con cerveza en los preámbulos y un par de medias botellas de Manzanilla de “La E”. Caminando hacia “Las Piletas” en busca del coche, éramos tres mosqueteros, sesentones y flamencos, felices por haber aparcado por unas horas la Crisis y los problemas familiares y/o laborales. Nos cruzamos con algunos veraneantes que, después del paréntesis de la siesta, caminaban cargados con sus artilugios playeros buscando su sitio en el sol de la tarde. Al fondo veíamos deslumbrante el Coto de Doñana que parecía hacerse participe de nuestra fugaz cuota de felicidad. Cuando de vuelta y al morir la tarde llegamos a los alrededores de Lebrija alguien dijo complaciente: “Joé, vaya peazo de día que nos hemos pegao”. Asentimos y sonreímos complacientes entonando el inútil conjuro de que estas salidas debíamos repetirlas más veces. Hoy, todo gira en torno a los buenos y vanos propósitos.

Posiblemente nos quedarán unos días de botellines a secas, pero nada hay comparable a la sensación de haber parado el reloj del avance de las horas tontas. Ser libre por un día y tener el…. ¡tiempo en tus manos!

Isabelita deja huérfana Marchena


Un amigo de Marchena me anuncia el fallecimiento de doña Isabel Domínguez Cano, viuda del genial e irrepetible artista andaluz, “Niño de Marchena”. Isabelita, que así le gustaba que la llamasen, pasaba su última etapa existencial en una Residencia de Ancianos (dejemos lo de la Tercera Edad). Mujer a la que la naturaleza dotó de una belleza impresionante y adherida a la guapura natural de las mujeres andaluzas. Persona bondadosa hasta la saciedad, y con un sentido admirable de la verdad de las cosas de la vida. Dedicó los últimos años de su vida a honrar la memoria del “Maestro de Maestros del Cante Flamenco”. Siempre estuvo profundamente enamorada de “Pepe Marchena”, al que veneraba hasta la saciedad tanto en lo artístico como en lo personal. Cuando venía por Sevilla siempre se paraba en La Campana a charlar con “Curro (hijo) el de los periódicos”, que era un acérrimo seguidor de Pepe Marchena, y allí siempre tenía ocasión de saludarla. La última vez que pude hablar con ella fue -ya hace unos cuantos años- en el transcurso de una conferencia que Pepe Blas Vega dio en Marchena sobre su marido. A través de mi amigo Javier Carmona (bajo y alma de la Bejazz marchenera) sabía, más o menos, como le iban las cosas a esta Isabelita tan de Marchena como el Arco de la Rosa. En la foto que acompaña este luctuoso Toma de Horas, está acompañada de su Pepe del alma y por su hijo “Piqui” que murió en plena juventud y, dejó al matrimonio “tocado” de por vida. No hay manera que terminemos de cerrar la ventana por donde se nos cuela “la parca”. Bajamos los brazos un momento y, cuando los levantamos, ya traemos las palmas de las manos manchadas de negra pena. Descanse usted en paz doña Isabel Domínguez Cano. Descansa en paz Isabelita. De nuevo podréis estar juntos los tres, allí, donde los hombres no olvidan a sus hijos más preclaros. Conviviste, en tu paso por la tierra, con un genio del Cante y el Arte, al que los siglos conocerán como don José Tejada Martín, “Niño de Marchena”.